Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

sábado, 14 de marzo de 2026

Los errores de Duanel Díaz





Fiel a su hábito descalificador e incapaz de debatir con seriedad ideas que no comparte, el crítico literario Duanel Díaz escribe otra diatriba contra un libro mío. Hace diez años escribió una contra la Historia mínima de la Revolución Cubana (Madrid, Turner/ Colmex, 2015). Ahora escribe otra contra la Breve historia de Cuba (Madrid, Catarata, 2026). La sucesión de calificativos degradantes es incontenible desde la primera hasta la última línea. 

 Dice Díaz que mi libro es “anodino”, aunque le dedica un largo panfleto, y que sólo aporta una plana sucesión de hechos. A mi fallido ejercicio positivista, opone una revelación de errores o un desenmascaramiento de mentiras con verdades. Pero como veremos, su diatriba logra el milagro de multiplicar las mentiras y los errores, algunos fácticos y otros, los más graves, de interpretación. 

 La caracterización de mi libro como una sumatoria de hechos busca, desde un inicio, rehuir el sentido del texto y no entrar en una discusión de fondo sobre las tesis de la Breve historia de Cuba (2026). Como puede constatarse en su diatriba de hace diez años, a Díaz lo motiva una diferencia conceptual e ideológica con mis libros. Pero prefiere mantenerse en el plano positivista para cuestionar mi reputación o mi solvencia académica ¿A qué se debe esa elusión del debate teórico o ideológico? 

 Díaz dice que en mi libro sólo se tratan las cuestiones materiales de la historia de Cuba al principio, cuando se aborda la experiencia de los pueblos originarios de siboneyes o taínos. Sin embargo, hay capítulos enteros dedicados a las funciones portuarias de La Habana, a la economía de plantación azucarera y esclavista en el siglo XIX, a la modernización económica del periodo republicano, a la nueva concentración en el azúcar durante el periodo soviético y al esquema bolivariano de intercambio de subsidio petrolero venezolano y compra de servicios médicos y de seguridad ¿No hace todo esto parte de la historia material de Cuba? 

 No entiende Díaz el significado del título del capítulo “La Habana de los Austrias”. En dicho capítulo se reconstruye la centralidad de la función portuaria de La Habana, dentro del imperio de los Habsburgos, entre los siglos XVI y XVII. Para la corona española era La Habana, con sus aserraderos, sus astilleros, sus fortificaciones financiadas por los situados novohispanos y su intensa conexión con Veracruz, el eje de aquella naciente colonia caribeña. El título remite por tanto al tiempo dinástico de los Habsburgos y al espacio, no únicamente de La Habana, sino de toda la isla. Incluir en ese capítulo sucesos que tienen lugar en Manzanillo o Puerto Príncipe no es una traición al título. 

 Díaz comparte el cliché que de que Antonio Cánovas del Castillo pronunció la frase “hasta el último hombre y la última peseta”. En mi libro recuerdo algo muy conocido, especialmente, en la historiografía peninsular sobre Cuba, y es que cuando estalló la guerra del 95, el Presidente de Consejo de Ministros, el liberal Práxedes Mateo Sagasta, pronunció varias veces en las Cortes de Madrid, otra frase parecida: “hasta la última peseta y la última gota de sangre”. Díaz comete el error de atribuir esta frase a Cánovas y sostiene que el término “contrainsurgencia” para aludir a las campañas militares realistas en Cuba, entre 1896 y 1897, es inadecuado. 

 No sé qué historiografía latinoamericana lee Díaz, pero le puedo asegurar que el concepto de “contrainsurgencia” se utiliza con amplitud en los estudios sobre las campañas españolas contra las guerras de independencia de las colonias borbónicas, en las guerras civiles de mediados del siglo XIX entre liberales y conservadores, en las revoluciones centroamericanas de los años 20 y 30 y en las ofensivas militares contra las guerrillas latinoamericanas de la Guerra Fría. No veo por qué no se pueda aplicar a la guerra de 1895 en Cuba, que surgió de un alzamiento de separatistas cubanos al oriente de la isla. 

 Sostiene Díaz, muy convencido, que la idea de la alfabetización no aparece en el programa del Movimiento 26 de Julio y comete el error de considerar La historia me absolverá (1953) de Fidel Castro como documento de dicho movimiento. Pero no, el Movimiento 26 de Julio no existía cuando el asalto al cuartel Moncada. En el “manifiesto-programa” Nuestra Razón (1956) del Movimiento 26 de Julio, redactado por Mario Llerena, luego de la fundación de dicha organización en México, se propuso la “alfabetización sistemática”. 

  La educación era el punto quinto, después de la “soberanía nacional”, la “independencia económica”, el “trabajo y el “orden social”. En la parte operativa de dicho programa, junto con los proyectos de creación de “ciudades infantiles” y reforma detallada de la instrucción en las zonas rurales, se diseñó un “plan intensivo de alfabetización”, especialmente en el campo, que se echó a andar desde el periodo insurreccional de la Sierra Maestra ¿Cuál es el propósito de negar algo tan evidente, respaldado por documentación histórica?

 En cuanto a la renuncia de Manuel Urrutia en julio de 1959, dice Díaz extrañamente irritado: “quien renunció fue Fidel”. Cómo, ¿acaso no renunció Urrutia después de las arengas televisivas de Castro contra el “anticomunismo febril” del presidente y las denuncias de corrupción del periódico Avance? Aquellos ataques diarios, antes del 23 de julio, cuando se verificó la renuncia de Urrutia en Palacio Presidencial, eran proferidos por un Fidel Castro que había renunciado artificiosamente. 

 Según Díaz, en mi texto se confunden o se invierten las tesis económicas del Che Guevara y de la corriente prosoviética que encabezaba Carlos Rafael Rodríguez. He dedicado al tema dos capítulos de mis libros, Historia mínima de la Revolución Cubana (2015) y El árbol de las revoluciones (2021) y me he referido a esas polémicas económicas en muchos libros anteriores, que Díaz ha leído ¿A qué responde esa tergiversación deliberada sino a un afán de desacreditar? 

 Lo que dice el pasaje que molesta a Díaz es que la corriente pro-soviética proponía un “énfasis en la planificación central, el cálculo económico y la industrialización del país”. El Che Guevara compartía algunos elementos de esa política, como la industrialización, pero rechazaba otros como el cálculo económico y las relaciones mercantiles entre las empresas. Proponía, en diversos textos aparecidos en las revistas Nuestra Industria y Cuba Socialista, un presupuesto único y un mayor acceso a la alta tecnología capitalista, para lo cual se requería cierta independencia del bloque soviético y aproximación a la Europa occidental. 

 Por eso señalo que Guevara defendía “otra forma de financiamiento empresarial, combinada con una transferencia de tecnología occodental”. Esto no significa, como dice Duanel, que yo esté colocando a Guevara contra la centralización, pero sí contra la planificación central de tipo soviético. En “Algunas reflexiones sobre la transición socialista”, el texto que resume mejor su proyecto económico, dice textualmente: “la centralización no significa un absoluto”. 

 Un error más de Duanel Díaz es dar la Batalla de Ideas por terminada en 2002 ¿En qué documento oficial se basa para hacer esa afirmación? La Vicepresidencia del Consejo de Ministros de Otto Rivero “para la atención a las inversiones a la Batalla de Ideas y otras tareas de la revolución”, mejor conocido como Ministerio de la Batalla de Ideas, se creó el 13 de diciembre de 2004. Como sugiere Gerardo Arreola, en Cuba, el futuro (Debate, 2021), nunca se dio por concluida la Batalla de Ideas, pero si hubiera que señalar su descontinuación y el ajuste de cuentas contra sus operadores habría que extenderse a los años posteriores a la sucesión de Raúl Castro en 2006. 

 A propósito del libro de Arreola, bien aprovechado en la parte final de mi estudio, dice Díaz que cito muy pocos libros de historia de Cuba. No sé si llegó a la Bibliografía, pero ahí están consignados más de 120 títulos, la mayoría de ellos de historiadoras e historiafores residentes dentro o fuera de la isla. 

 Hasta aquí los errores fácticos, pero vayamos a los errores de interpretación, que es donde se concentra mi divergencia conceptual con Duanel Díaz y los que como él piensan la historia de Cuba desde el paradigma anticastrista. Al igual que en su panfleto contra la Historia mínima (2015), Díaz me reprocha que hable de la dictadura de Gerardo Machado y la dictadura de Fulgencio Batista, pero no de la dictadura de Fidel Castro. 

 Como he escrito muchas veces –he dedicado al tema, incluso, un ensayo titulado “El concepto de Revolución en Cuba”- no pienso que el sistema político creado tras el cambio revolucionario en Cuba sea una dictadura. Dictaduras como las de Machado y Batista fueron interrupciones temporales de un orden constitucional previo. En Cuba, después de 1959, se reconstituyó el país de acuerdo con el modelo de los totalitarismos comunistas o los socialismos reales de la Unión Soviética y Europa del Este. 

 Tendría que repetir por enésima vez que no es lo mismo un régimen autoritario, como los de Machado y Batista, que un régimen totalitario, como el construido en Cuba y tipificado en la Constitución de 1976. Duanel Díaz conoce esa distinción conceptual plasmada en mis libros, porque hasta la ha citado en los suyos. Entonces, ¿por qué me reclama no utilizar categorías que no suscribo? La única explicación que encuentro es que confunde historia y propaganda y piensa que hay que escribir la historia de un país para atacar su régimen político. 

 Justo ahí aparece el otro equívoco conceptual de Díaz, muy común dentro y fuera de la isla. Como he escrito a propósito de sus propios libros, Díaz identifica la Revolución con el castrismo y piensa que un cambio revolucionario y un régimen político son lo mismo. Así como la historia oficial de la isla sostiene que la Revolución está viva y sigue su curso, él piensa que ese mismo fenómeno, al que llama castrismo, también sigue vigente. La historia de la Revolución sería, por tanto, la historia del castrismo y debe escribirse para contribuir a la caída de ese régimen. 

Yo pienso el asunto de manera radicalmente distinta. La Revolución fue un fenómeno histórico enmarcado entre los años 50 y 70 del siglo XX. En mi libro, el periodo posterior a esa Revolución es tratado en los capítulos que llevan por título “Los años soviéticos”, “Fidel después del Muro”, “Hugo Chávez y la alianza bolivariana”, “Raúl Castro y el deshielo obamista” y “La reconstitución, el estallido y la crisis sin fin”. 

 Dice Díaz que mi libro no logra el objetivo de narrar e interpretar el pasado cubano desde la catástrofe que hoy vive Cuba. Pero resulta que el último de esos capítulos se detiene en la pandemia, el estallido social de 2021 y las protestas de 2022 y 2023, en el aumento de la represión de los jóvenes, el deterioro de los indicadores económicos y sociales que, según el último informe de la CEPAL, hoy colocan a Cuba por debaje de Haití, y hasta en el “colapso” o la “policrisis”, términos que se discuten en las páginas 179 y 180. 

 Díaz asegura que el objetivo del libro no se cumplió e, incluso, afirma que el libro carece de tesis porque, en el fondo, no le gusta el sentido del texto. En la Introducción, en las páginas finales y a lo lago del libro sostengo que una constante de la historia de Cuba es la dependencia o el vínculo colonial con diversas metrópolis o potencias regionales o mundiales. Ese eje, que trágicamente vuelve a manifestarse en nuestros días, confirma que la Revolución ya forma parte del pasado de la isla, lo cual molesta a Díaz y a quienes cuya visión del mundo está moldeada por el anticastrismo.

 Así que el objetivo del libro sí se cumplió. Lo que sucede es que se cumplió en términos que no agradan al libelista Díaz. Lo más honesto, lo menos cobarde habría sido que Duanel Díaz discutiera con franqueza sus diferencias con el enfoque aplicado en esta Breve historia Cuba. Pero no, prefirió, como siempre, la descalificación y el escarnio.

martes, 3 de marzo de 2026

Un americano contra la guerra del 47





El pasado 2 de febrero el portal de la Casa Blanca reprodujo un mensaje del presidente de Estados Unidos en el que, orgullosamente, se conmemora el 180 aniversario del invasión de Estados Unidos contra México en 1846. Luego de dos años de guerra, aquel conflicto culminó con la conquista por Estados Unidos de más de la mitad del territorio de la naciente República mexicana. 

 En un gesto inusual por parte de un presidente, que encabeza el gobierno de un país, ligado a México y Canadá por un Tratado de Libre Comercio que ahora mismo se está renegociando, Trump reivindicó la doctrina del “Destino Manifiesto”, formulada por el periodista e ideólogo expansionista John L. O’Sullivan para legitimar la acción armada contra su vecino del sur. 

 Trump es el primer presidente en más de un siglo, tal vez desde Teddy Roosevelt, que reclama para sí la distorsión que la doctrina del Destino Manifiesto de 1846 hizo de la Doctrina Monroe de 1823. Fue entonces que, por primera vez, la frase de “América para los americanos” adquirió el sentido de “América para los estadounidenses”, que tanto aquel Roosevelt como este Trump le adjudican. 

 Naturalmente, en su mensaje del 2 de febrero, Trump sostuvo que su actual política de contención migratoria y de acuerdos de seguridad con gobiernos de la nueva derecha latinoamericana, como los de Argentina, Ecuador y El Salvador, y su recuperación del control del canal de Panamá, a costa de China, se inscriben en la nueva versión de esa misma política, que llama “Corolario Trump de la Doctrina Monroe”, más conocida como Donroe Doctrine. 

 Se ha recordado en estos días que la mayoría de los presidentes de Estados Unidos en el siglo XX y todos los del siglo XXI, menos Trump, no acostumbraban a hablar con orgullo de aquella guerra de conquista. Entre George H. Bush y Joe Biden con menos razón, ya que todos aquellos presidentes promovieron una vecindad amistosa con México, como consecuencia de la aprobación del Tratado de Libre Comercio en 1992. 

 También se ha recordado que, en su momento, la guerra de 1847 fue objetada por brillantes políticos de Estados Unidos, que se oponían al expansionismo y a la militarización de la sociedad norteamericana. Entre aquellos opositores a la guerra estuvieron el Secretario de Estado, Henry Clay, el senador Thomas Corwin y el representante Abraham Lincoln, futuro presidente de Estados Unidos. 

 También se opuso a la guerra, con una elocuencia fuera de lo común, el filósofo, pedagogo y naturalista Henry David Thoreau, compañero de Ralph Waldo Emerson en el grupo intelectual de Concord, Massachusetts. Thoreau vivía en su cabaña de Walden Pond, cuando en 1846 fue arrestado por negarse a pagar impuestos durante seis años. Luego de su liberación, dio una conferencia en el Liceo de Concord en la que reconstruyó su experiencia en la cárcel y su negativa a contribuir fiscalmente al Estado, por ser éste responsable de dos injusticias a las que se oponía firmemente: la esclavitud y la guerra contra México. 

 Aquella conferencia daría lugar al ensayo Desobediencia civil (1849), uno de los textos clásicos del pensamiento político estadounidense. Ahí sostenía Thoreau que la guerra del 47 era una “perversión” y un “abuso” de la voluntad del pueblo estadounidense, provocados por un grupo de individuos que habían hecho del gobierno su “instrumento”. La colonización, la guerra y la esclavitud, según Thoreau, estaban entrelazadas porque la expansión territorial más allá de las fronteras mexicanas buscaba aumentar los estados esclavistas. 

 Thoreau y sus dos amigos de Concord, Emerson y Alcott, tuvieron la visión de advertir en aquel expansionismo esclavista el origen de la discordia en la república estadounidense, que conduciría pocos años después a la guerra civil. Con su expansionismo arcaico, Trump está alimentando las semillas de aquella discordia, que produjo una lucha fratricida entre 1861 y 1865.

viernes, 6 de febrero de 2026

Celia Cruz: el desagravio postergado







Hace cien años nació en La Habana Celia Cruz. Dotada de una voz de amplio registro y gran capacidad rítmica, que alternaba con destreza entre la rumba y la guaracha, el bolero y el son, el mambo y el chachachá, la artista habanera dejó la carrera de magisterio por la música profesional. 

Con poco más de veinte años ya había debutado en Las Mulatas de Fuego y había viajado a Venezuela y a México. En Salón México (1948), la película de Emilio (El Indio) Fernández, aparece una jovencísima Celia Cruz, coreando y bailando una rumba. 

Como principal vocalista de la Sonora Matancera, a partir de 1950, viajaría muchas veces a México en aquella década y se consolidaría como uno de los íconos de la nueva música popular cubana, junto a Dámaso Pérez Prado, Benny Moré, Rita Montaner, Bola de Nieve o el trío Matamoros.

 Rosa Marquetti Torres, musicóloga cubana, ha contado como nadie el dilema que planteó la Revolución a la Sonora Matancera y otras orquestas cubanas. Su libro Celia en Cuba (Planeta, 2022) llega hasta el momento en que la cantante decide establecerse fuera de la isla, por diferencias con la forma de organización política y cultural adoptada a principios de los años 60. 

 Hasta 1965, Celia trabajó con la Sonora Matancera, dirigida por Rogelio Martínez. En aquella orquesta haría inmortales temas como “Burundanga”, “Yo no soy guarapo”, “La sopa en botella”, “El Yerberito” y otros éxitos. A partir de ese año iniciaría su carrera de solista, aunque siempre colaborando con algunos de los mayores músicos de salsa en Nueva York como Tito Puente, Johnny Pacheco y Fania All Stars, donde compartiría escenario con Willie Colón, Héctor Lavoe, Rubén Blades, Cheo Feliciano e Ismael Rivera, entre otros. 

 El itinerario musical de Celia Cruz la llevó de la rumba y el son de La Habana en los años 40 a la salsa de Nueva York en los 70 y 80. El productor Jerry Massuchi sería fundamental en aquel largo tramo de la carrera de la sonera cubana. A la muerte de Massuchi en 1997, sobrevino la última reinvención de Celia, que logró con creces, como atestiguan sus últimas producciones: "La vida es un carnaval" (1998), "La negra tiene tumbao" (2003) y el póstumo "Regalo del alma" (2004), que ganó su tercer premio Grammy. 

 Como tantos otros artistas exiliados, Celia Cruz fue censurada y desautorizada en la isla. A su muerte en 2003, cuando se cumplían cuarenta años de su salida de Cuba, el periódico Granma dio la noticia, agregándole este comentario: “durante las últimas cuatro décadas se mantuvo siempre sistemáticamente activa en las campañas contra la Revolución Cubana generadas desde Estados Unidos”. En el editorial, Celia no aparecía como una música cubana sino como una “intérprete que popularizó la música de nuestro país en Estados Unidos”. 

  Su música, según Granma, no era suya. Tampoco eran suyas las ideas políticas que la llevaron al exilio. Granma no sólo postergaba el desagravio sino que reducía a Celia, que era pura autenticidad, a un ícono falso. Al cumplirse este centenario, el grupo teatral El Público, que dirige Carlos Díaz en La Habana, intentó rendir homenaje a la cantante cubana en La Fábrica de Arte.

 Con textos del poeta y dramaturgo Norge Espinosa, la puesta en escena fue pensada como uno de los primeros desagravios públicos a Celia Cruz en la isla. Lamentablemente, el aparato ideológico y la burocracia cultural se propusieron impedir el homenaje y lo lograron, por medio de censuras, presiones y chantajes contra el grupo teatral y contra La Fábrica de Arte.

viernes, 2 de enero de 2026

Eric y Marlene



Marlene Schwarz nació en Viena en 1932, en una familia judía austríaca, un año antes del ascenso de Hitler al poder en Alemania. Su padre, Theodore Schwarz, era uno de aquellos pocos vieneses que daba crédito a todo lo que Hitler decía en sus discursos, que muchos de sus amigos consideraban meros exabruptos propagandísticos. 

 Los Schwarz se exiliaron en Londres poco después de la instalación del régimen nazi en Alemania y antes de la anexión de Austria en 1938. A la ilusión de aquella escapatoria siguió la dura realidad de un exilio en un país que, bajo el liderazgo del primer ministro Neville Chamberlain, experimentaba una mezcla de antisemitismo y anticomunismo, recelos por el ascenso de la hegemonía de Estados Unidos y simpatía por Hitler. 

 La familia se mudó a Manchester, donde estudió Marlene, en los años de apogeo del antifascismo británico. Winston Churchill se convertiría en el héroe de Theo Schwarz, el padre, mientras Marlene, ya con inclinaciones izquierdistas, admiraría la política de su sucesor, Clement Attlee, de alianza con los soviéticos y respaldo a los primeros avances de la descolonización. 

 A principios de los 60, cuando Marlene trabajaba como productora musical y traductora en la CBC y la BBC, conoció a un joven historiador llamado Eric Hobsbawm, cuya familia también había huido de Austria y Alemania a Gran Bretaña, después de 1933. Para entonces, aquel joven historiador marxista se había distanciado del Partido Comunista británico, por su apoyo a la invasión soviética de Hungría en 1956, pero mantenía su militancia socialista y había escrito dos libros pioneros: The Jazz Scene (1959) y Los rebeldes primitivos (1960). 

 Mucho tenían en común Marlene y Eric: el antifascismo, el izquierdismo y la pasión por la música. Durante su noviazgo fueron lo mismo al Royal Albert Hall a escuchar conciertos de Bach que al Royal Festival Hall a ver a George Shearing y su quinteto de jazz. La boda y la luna de miel de los Hobsbawm tuvieron lugar en los días de la Crisis de los Misiles en el Caribe, en octubre de 1962. 

 A fines de aquel mes, Hobsbawm tenía previsto un viaje a Buenos Aires, para asistir a una conferencia académica. Al despedirse, el historiador dijo a su esposa con una tranquilidad pasmosa: “si las cosas salen mal y la guerra efectivamente estalla, compra un pasaje solo de ida a la Argentina. Hay dinero suficiente en el banco, entonces encontrémonos en Buenos Aires”. 

 La frase ha sido utilizada por Marlene Hobsbawm para dar título a las memorias Encontrémonos en Buenos Aires, que acaba de publicar la editorial Siglo XXI en Argentina. Muchos eventos y situaciones narrados por Marlene en su libro, ya habían sido relatados por Eric en su autobiografía Años interesantes. Una vida en el siglo XX, que publicó Crítica, en Barcelona, en 2003. 

 Ambos libros recrean las mismas escenas de la historia global: el ascenso de los totalitarismos, el exterminio masivo, la caída de los fascismos, la Guerra Fría, la descolonización del Tercer Mundo, la revolución cultural de los 60, el eurocomunismo, la crisis del socialismo real, el desplome del Muro de Berlín y la expansión neoliberal de fines del siglo XX. Sin embargo, la mirada y, por tanto, los detalles con que se dibujan esas escenas son muy distintos. 

Marlene, por ejemplo, se detiene en todo el despliegue de vigilancia y persecución de la vida de Hobsbawm que agenciaron los servicios secretos británicos y estadounidenses. Eric, por su lado, daba una importancia obsesiva a sus diferencias y acuerdos con el comunismo británico. Ambos libros exponen muy bien las fronteras entre historia y memoria o entre reconstrucción y evocación. 

El historiador narraba su vida como si formase parte de un pasado a reconstruir. Marlene, en cambio, cuenta la historia de la pareja y su familia como si el centro de la trama fuese ese microcosmos afectivo y no el mundo agitado y tormentoso del más bien largo siglo XX.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Polimatía caudillista



Un viejo imaginario monárquico atribuye a los reyes todo tipo de poderes, desde los más contundentes, ligados al ejercicio de la fuerza, hasta los más sublimes, asociados a la indulgencia, la curación o la redención. Esas antiguas creencias, descritas por Marc Bloch en Los reyes taumaturgos (1924), de gran arraigo todavía en el siglo XXI, se manifestaron en todas las dictaduras latinoamericanas. 

 La novela de dictadores ofrece múltiples ejemplos. En Yo el Supremo (1974) de Augusto Roa Bastos, el dictador, inspirado en Gaspar Rodríguez de Francia, el caudillo paraguayo del siglo XIX, es un jurista, teólogo y filósofo, que diagnostica las enfermedades de su pueblo. Como curandero nacional, el dictador debía manejarse con soltura en varios saberes a la vez, con el fin de recetar la medicina adecuada. 

 En El recurso del método (1974), del cubano Alejo Carpentier, que apareció el mismo año de la novela de Roa Bastos, el dictador, mezcla de rasgos de Porfirio Díaz y Cipriano Castro, es un afrancesado y melómano, que conoce y aplica a su pueblo las ideas evolucionistas y eugenésicas que aprende en revistas europeas. El dictador de Carpentier vendría siendo como un “científico”, que domina todas las ciencias, las naturales y las humanas, y que gracias a su sabiduría ocupa la primera magistratura del Estado. 

 Aquel arquetipo del dictador polímata se ha ido degradando y ramificando en los últimos años en las dos vertientes fundamentales del caudillismo regional: la del autócrata tecno-libertario y la del déspota bolivariano. El primero responde al arquetipo del versado en las criptomonedas, los misterios del mercado y las fantasmagorías de la Inteligencia Artificial; el segundo al de la magia y el espiritismo, mezclados con una buena dosis de demagogia humanista y latinoamericanista. 

 Como Donald Trump en Estados Unidos, Nayib Bukele en El Salvador, Javier Milei en Argentina y Daniel Noboa en Ecuador han fantaseado con cripto-utopías que acelerarían el capitalismo financiero en sus países. Dos de ellos son economistas, pero los tres son empresarios jóvenes y presentan sus ideas y preferencias en términos de políticas públicas como si estuvieran autorizadas, no por las ciencias exactas o sociales, sino por un arcano tecnológico que sólo ellos conocen. 

 Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Rosario Murillo formarían parte del segundo arquetipo. Como cada año, Maduro acaba de recibir en Miraflores a los representantes de las iglesias evangélicas que, en un ritual televisado, le prometieron protección para su vida e hicieron cantos litúrgicos contra el enemigo. Murillo, en Nicaragua, ha llevado el esoterismo al punto de encabezar una persecución contra la Iglesia católica, como no se veía en décadas en América Latina y el Caribe. 

 Precursores de ese espiritismo fueron Fidel Castro y su discípulo Hugo Chávez. En días pasados, cuando se cumplieron nueve años de la muerte de Castro, en La Habana se desató una nueva versión del culto funerario permanente que tiene lugar en la isla desde 2016. Las redes sociales de todas las instituciones, no sólo las culturales, se llenaron de testimonios sobre los aportes de Fidel a todas las artes imaginables: la ciencia, la literatura, la medicina, la agronomía, la ganadería, el deporte, el cine… 

 En la Venezuela oficial, Chávez es también un escritor oficialmente promovido, autor de Los cuentos del arañero, y hasta un cantante popular. En Cuba, y en las poderosas redes del gobierno cubano fuera de la isla, ese culto al caudillo polímata dará su mayor rendimiento el año próximo, cuando se cumplan los cien años de su nacimiento en Birán, la finca de su padre, gallego terrateniente, en la zona nororiental de la isla. Periódicos, revistas, canales de televisión y redes sociales se llenarán de tópicos sobre la grandeza del Comandante. Una grandeza que debe su excepcionalidad y, sobre todo, su justificación de casi 50 años al mando de Cuba, al dominio de esos saberes.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Clara E. Lida y la clandestinidad anarquista





La historiadora Clara E. Lida, de El Colegio de México, acaba de publicar un nuevo libro, titulado La clandestinidad anarquista. De la Comuna de París a la Mano Negra (1871-1883). Se trata de un regreso de esta extraordinaria y prolífica historiadora a una de sus primeras pasiones, desde la época en que estudiaba el doctorado en historia en la Universidad de Princeton en los años 60: el primer anarquismo español. 

 En el libro Itinerancias y aprendizajes (2023), una conversación de Lida con Mario Barbosa, la historiadora recordaba cómo fue que comenzó a interesarse en el anarquismo durante aquellos años revolucionarios en Estados Unidos. La movilización pacifista y libertaria del 68 la motivó, de algún modo, a estudiar la Revolución española que había tenido lugar un siglo atrás, en 1868, cuando un levantamiento militar derrocó a la monarquía de Isabel II. 

 Aquella revolución -que dio un impulso decisivo a los movimientos anticoloniales en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, propició el cambio dinástico durante el breve reinado de Amadeo de Saboya y, finalmente, produjo la primera y República española en 1873-, fue también el contexto de introducción del anarquismo en España. En 1868, Giuseppe Fanelli, un revolucionario napolitano, seguidor de Mijaíl Bakunin en la Primera Internacional, llegó España y con la ayuda de Anselmo Lorenzo y otros líderes peninsulares creó los primeros grupos anarquistas. 

 Lida recuerda que una primera dificultad para el movimiento anarquista provino de la propia Internacional, cuando Marx encarga a su yerno, Paul Lafargue, que encabece en España una campaña contra los seguidores de Bakunin en el propio periódico que ellos habían creado, La Emancipación. La campaña fue eficaz, el periódico se reorientó hacia el socialismo marxista y Bakunin fue expulsado de la Primera Internacional tras el congreso de La Haya en 1872. 

 Pero la gran reacción contra el anarquismo provendría, en tiempos de la República federal, de sectores de la política tradicional española, tanto conservadores y monarquistas como republicanos y federalistas. La Federación Regional Española desarrolló una actividad legal y celebró varios congresos entre 1868 y 1874, llegando a sumar más de 30 000 afiliados. La dictadura republicana de Francisco Serrano, que reprimió la rebelión cantonal, ilegalizó al anarquismo en 1874. 

 El estudio de Lida se concentra en el periodo de clandestinidad de aquel primer anarquismo en España, a partir de 1874, en el que arrecia la estigmatización del movimiento libertario. La prensa hegemónica presentaba a los anarquistas como “súcubos del infierno”, que aspiraban a destruir la civilización. La vida clandestina, a la vez, reforzaba el espíritu conspirativo y la sociabilidad secreta de aquellos revolucionarios. 

 A pesar de la ilegalidad, el anarquismo español intensificó su proselitismo, su propaganda y su reclutamiento. Cuando en 1881, ya en plena restauración borbónica de Alfonso XII, el gobierno liberal de Práxedes Mateo Sagasta aprobó una Ley de Asociaciones, que benefició al movimiento obrero, los anarquistas convocaron a un congreso en Sevilla, en el que se inscribieron más de 600 asociaciones, con cerca de 60 000 afiliados. 

 La clandestinidad generaba, a su vez, una dilatación de la base social de la causa anarquista, como se plasmaría entre 1881 y 1883 con el involucramiento de la Federación de Trabajadores de la Región España en las protestas y huelgas de los jornaleros andaluces. En medio de la represión de aquellos movimientos, la Guardia Civil reveló los reglamentos y estatutos de una organización violenta llamada “La Mano Negra”, que la prensa utilizó como muestra del carácter terrorista del anarquismo. 

El libro de Lida concluye en ese momento, sugiriendo la hipótesis de que los anarquismos posteriores fueron fenómenos diferentes, que requerirían otra lectura. El anarcosindicalismo de fines del siglo XIX y principios del siglo XX tendría una potente ramificación en países americanos, como Estados Unidos y Argentina, y daría lugar a una prolongada tradición libertaria de izquierda, cuya historia está todavía por reconstruir. 

viernes, 14 de noviembre de 2025

Tomás Sánchez: el artista renacido






Hace unos días se estrenó en el cine Tonalá de la colonia Roma el documental Perseverancia, dirigido por Juan Carlos Martín, cineasta mexicano, conocido y reconocido por su film sobre Gabriel Orozco en 2003. Se trata, como aquella misma pieza sobre el artista mexicano, de un ensayo documental en torno a la trayectoria artística del pintor cubano Tomás Sánchez, nacido en Cienfuegos en 1948. 

 El documental, producido por Gustavo Ángel, reconstruye la vida de Sánchez desde su infancia en Cienfuegos, en la que tuvieron un aliento primordial el contacto con la naturaleza y la cercanía de su madre, quien se volvería ella misma artista a medida que cristalizaba la vocación del hijo. El film recorre las diversas fases del arte de Sánchez, destacando las transiciones o los renacimientos del pintor y presentándolos como edades de una misma poética. 

 Habría un primer Sánchez expresionista, seguidor de James Ensor y discípulo de Antonia Eiriz, que pintó un mundo de enmascarados o caras retorcidas, aunque a veces instalados en apacibles bosques tropicales. La pintura de Sánchez en los años 70 fue adoptando un creciente tono crítico, que proyectaba sobre los rostros contorsionados de sus personajes la perversión de una realidad que, con sus miserias y mezquindades, negaba el idilio socialista cubano. 

 Perseverancia capta el momento preciso en que esa crítica visual, claramente plasmada en el cuadro La aparición del dogma (1973), se refugia en el cuerpo del artista por medio de una afición por el yoga y las religiones hinduistas. El artista sería expulsado de la Escuela Nacional de Arte y trasladado a un Taller de Muñecos como castigo por su resistencia mística y su imagen monstruosa de la realidad revolucionaria.

 Desde las aguas blancas (1980), pieza que condensaba, en una larga línea en el horizonte, un monte cubano, ganó el Premio Internacional de Dibujo Joan Miró y dio inicio al reconocimiento internacional del artista. Aquel reconocimiento obligó al Estado cubano a levantar su segregación del pintor y las obras de Sánchez comenzaron a frecuentar galerías y museos de la isla y a decorar las paredes de las instituciones oficiales. 

 A pesar de entrar en una ascendente institucionalización, el artista acompañó experiencias colectivas de creación, que desafiaban el canon socialista que propagaba el Estado cubano, como la rupturista muestra Volumen Uno en 1981, en la que expusieron, entre otros, Flavio Garciandía, José Bedia, Gustavo Pérez Monzón, Leandro Soto, Rogelio López Marín, Rubén Torres LLorca y Juan Francisco Elso. 

 En los años 80 la pintura de Sánchez se internó en un tipo de paisajismo que escenificaba la transparencia y la luminosidad de la vegetación cubana. Obras como Relación entre la laguna, la isla y la nube (1986) hacían que la técnica hiperrealista desembocara en un trazo surrealista o simbolista, que evocaba la obra de René Magritte o de León Spilliaert. 

 Para fines de aquella década, tan renovadora en el arte cubano, Sánchez ya estaba viviendo otro desplazamiento por medio de los grandes basureros que introducían al espectador en una abigarrada montaña de desechos. A veces los basureros colocaban en el centro enormes bolsas de plástico, otras levantaban un Cristo crucificado, a cuyos pies se amontonaba la inmundicia. Aquel nuevo giro de la poética de Sánchez ponía en cuestión el extractivismo contaminante, pero también la hipocresía de la demagogia ecologista. 

 En los 90 vendría para Sánchez, como para tantos artistas de su generación, un exilio itinerante que lo llevaría a México, Miami y, finalmente, Costa Rica, donde hoy reside. En las últimas décadas, sus paisajes de bosques y cascadas se volvieron más verticales, más oscuros, surcados por luces blancas. Pero el misticismo reaparece en esos parajes a través de un meditador en postura de loto, que simboliza la perseverancia y el renacimiento del artista.