Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

jueves, 27 de agosto de 2026

Vaciar un continente




Paulo Antonio Paranaguá es un historiador y periodista brasileño que, durante la dictadura militar en su país, se exilió en Barcelona y luego en París. En esta ciudad se ha dedicado a estudiar y a escribir sobre la historia del cine latinoamericano y ha trabajado, también, como corresponsal y articulista de temas latinoamericanos para el periódico Le Monde

 El último libro de Paranaguá es una historia de América Latina a través de cien fotografías. Dado que el arte fotográfico es un medio de expresión de la modernidad, por sus orígenes y su trayectoria desde fines del siglo XIX, esta Historia de América Latina en 100 fotografías (Río de Janeiro, Bazar do Tempo, 2025), resulta un libro que recopila imágenes de más de un siglo, pero que documenta una experiencia milenaria. 

 Las primeras fotos que glosa Paranaguá son de sitios arqueológicos como los de Machu Picchu en Perú, Tikal en Yucatán y La Venta, en Villahermosa, Tabasco. Las fotos de Teobert Maler, Martin Chambi y Richard Hewitt Stewart nos presentan cabezas olmecas, ruinas en estado silvestre y una vista privilegiada de la ciudadela inca. Aquellas fotos, tomadas en las décadas fundacionales del género, pusieron a circular globalmente una visión de las grandes civilizaciones originarias. 

 Luego el libro se mueve al largo periodo colonial de México, Suramérica y el Caribe, pero al igual que en el periodo anterior a las conquistas, son pocas las fotos comentadas. Apenas una fachada de la catedral boliviana de Concepción, en Chiquitanía, Santa Cruz, u otra, muy conocida, de un soldado insurrecto del ejército mambí, en la última guerra de independencia de Cuba, ilustran la fase colonial. El último tramo del siglo XIX, sin embargo, capta con precisión el momento de las guerras civiles y las repúblicas de orden y progreso en la región. 

Vemos desfilar retratos de Benito Juárez, Porfirio Díaz, Rubén Darío y del gaucho “Martín Fierro”, que Francisco Ayerza propuso para la primera edición del poema narrativo de José Hernández, pero también esclavos negros en Bahía, indígenas onas, de la Tierra del Fuego, llevados como objetos de museo a la Exposición Universal de París en 1889, y cadáveres de soldados bolivianos, siendo enterrados por oficiales chilenos, en la Guerra del Pacífico. 

 El con razón llamado “siglo de la fotografía”, ocupa el centro del libro de Paranaguá. Unas 70 fotos, de las 100 escogidas, refieren los principales acontecimientos que moldearon la historia de la región en la pasada centuria: las intervenciones militares de Estados Unidos en Centroamérica y el Caribe, el emporio de la United Fruit Company, la Revolución Mexicana, el peronismo y el varguismo, la Guerra Fría, las dictaduras militares, las guerrillas, las transiciones democráticas, el ascenso de Hugo Chávez en Venezuela y la elección del papa Francisco. 

 La cultura latinoamericana de fines del siglo XX, que Paranaguá ha estudiado a lo largo de su carrera intelectual y periodística en París, se hace presente en el volumen por medio de retratos de músicos populares como Dámaso Pérez Prado, actrices como María Félix, artistas como Frida Kahlo y Wifredo Lam y escritores como Pablo Neruda, Octavio Paz y Gabriel García Márquez. El cine, interés especial de Paranaguá, aparece por medio de un close up impactante de Los olvidados (1950), de Luis Buñuel, captado para la publicidad por Luis Márquez Romay. 

 La nómina de fotógrafos elegidos demuestra el tino y el equilibrio con que Paranaguá ha diseñado esta historia de América Latina en imágenes. Eran ineludibles los grandes fotógrafos estadounidenses que pusieron el lente en la región, como Jack Delano y Walker Evans. Pero el grueso del volumen funciona como antología de clásicos de la fotografía latinoamericana: los mexicanos Agustín Casasola, Manuel y Lola Álvarez Bravo, los argentinos Pinélides Fusco y Adriana Lestido o los cubanos Alberto Korda y Chinolope.

lunes, 24 de agosto de 2026

Monsiváis antes de Monsiváis




Las memorias precoces de Carlos Monsiváis, escritas por encargo de Emmanuel Carballo hace sesenta años, y rescatadas ahora por la editorial Siglo XXI, están firmadas en octubre de 1966. En aquel mismo año, Monsiváis trabajó en su antología La poesía mexicana del siglo XX (Empresas Editoriales, 1966), por lo que la autobiografía que ahora aparece con el título El intelectual público fue, de hecho, su primer libro. 

 Es raro que el primer libro sea una autobiografía, aunque no pocas escuelas, clubes o partidos exigieran ejercicios similares para pasar de grado o ser admitido como miembro o militante. Lo cierto es que el Monsiváis que se lee en estas memorias es claramente el mismo autor que leeremos después en Principados y potestades (1969) y Días de guardar (1970): la misma ironía, el mismo desparpajo controlado, la misma mezcla de epigramas, frases en inglés y francés y oraciones interminables. 

 El texto es una carta de presentación en toda regla, que arranca así: “desde el principio, la pequeña burguesía me acogió en su seno”. A esta declaración de pertenencia de clase, sigue otra de fe: el traslado de su familia desde la Merced hasta la Colonia Portales, por la Calzada de Tlalpan, como se si tratase de un éxodo de Egipto a Canáan o una “diáspora”, como la de los personajes de Las viñas de la ira de John Steinbeck o de la versión fílmica de John Ford. 

 “Las razones migratorias de ese éxodo atroz de los 40”, agrega, “fueron religiosas”. Su familia era “esencial, total y férvidamente protestante” y su templo estaba en la Portales. El joven Monsiváis confiesa que su vida de lector comenzó con la traducción de la Biblia de los conversos españoles del siglo XVI, Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera. 

De los clásicos protestantes, pasaría, muy pronto, a “Homero y Virgilio, las divulgaciones freudianas de Gómez Nerea, a Jane Austen, a las novelas de Martín Luis Guzmán y Rómulo Gallegos, los folletones de Eugene Sue y Vicente Riva Palacio, las biografías de Ludwig y Zweig y Los Sertones de Euclides da Cunha”. 

 Lo que no cuenta Monsiváis, pero sí Elena Poniatowska y Rubén Sánchez Monsiváis, en sus prólogos, es que a través de los cánticos del templo protestante de la Portales, el escritor desarrolló buena voz y entonación, que rápidamente trasladó a su afición por las cantantes de jazz, Ella Fitzgerald, Billie Holliday, Sarah Vaughan, las del bolero, Olga Guillot, Toña la Negra, María Luisa Landín y, por supuesto, las de rancheras como Chavela Vargas. 

 La política ingresa en la formación intelectual de Monsiváis en los años 50 por dos vías, que no se destacan lo suficiente en aquella generación: el juarismo y el henriquismo. Dice el escritor que, de joven, “su protestantismo duplicaba su juarismo”, o viceversa, y cuenta al detalle cómo, a través de un tío suyo, se involucró en la campaña presidencial de Miguel Henríquez Guzmán en 1951. 

 El henriquismo conectó al joven Monsiváis con el cardenismo y con viejos líderes revolucionarios como Francisco J. Mújica y Genovevo de la O. La derrota y la represión en 1952 fueron su iniciación en el desencanto con el autoritarismo priista. Luego menciona el movimiento del magisterio encabezado por Othón Salazar en 1958, a Demetrio Vallejo y la huelga ferrocarrilera en 1959 y el asesinato de Rubén Jaramillo en 1962 como los tres fenómenos que lo convencieron de que la “política oposicionista era su obsesión, su sentido vital, su perspectiva única”. 

 Las memorias juveniles de Monsiváis exhiben su anglofilia, su pasión por Nueva York y Londres, ciudades que conoció bien, y su cinemanía. Rinde honores, sí, a sus maestros (Reyes, Novo, Cuesta, Paz…) y agradece la compañía de sus amigos (Fuentes, Pacheco, Pitol, García Terrés, Rojo…). Pero cierra el texto con el enigmático desplante de “no admiro a mi generación: la veo demasiada uncida al régimen imperante, la veo inerte, envejecida de antemano, lista para checar y reinar”.

jueves, 16 de julio de 2026

Barrocos y neoclásicos, oficiales y disidentes en la poesía novohispana



Uno de los últimos títulos de la valiosa colección de Historias Mínimas de El Colegio de México es la dedicada a la poesía novohispana, escrita por Martha Lilia Tenorio, profesora de esa institución. La académica introduce desde las primeras páginas la denominación de “poesía oficial o comprometida” para referirse a la escrita con motivo de los actos oficiales de la monarquía católica en la Nueva España. Los términos suenan muy contemporáneos, pero tienen sentido en el libro de Tenorio. 

 Por ejemplo, a la muerte del emperador Carlos V en 1558, el virrey Luis de Velasco organizó conmemoraciones, luego recogidas en el Túmulo imperial de la gran ciudad de México (1560) de Francisco Cervantes de Salazar. Dentro de la obra aparecían poemas, como los de Cristóbal Cabrera, que escenificaban un diálogo imaginario entre España y la Muerte, en el que la segunda intenta convencer a la primera de que el deceso del emperador no era más que un trámite para hacerlo inmortal. Esa poesía, que exaltaba las glorias de los reyes de España y los virreyes de Nueva España, es la que Tenorio llama oficial. 

 En el siglo XVII, Tenorio encuentra algo parecido durante los festejos por el centenario de la conquista de México en 1621. Los virreyes Diego Fernández de Córdoba y Juan Paz de Vallecillo estuvieron involucrados en el diseño y ejecución de aquellas fiestas. Los poemas de Arias de Villalobos en Obediencia que México dio a don Felipe de Austria (1623) eran imitaciones barrocas de Luis de Góngora, en las que se rendía culto a San Hipólito, por las fiestas patronales de ese año, se lamentaba la muerte Felipe III, se juraba nueva lealtad a Felipe IV y se rememoraba la hazaña de Hernán Cortés. 

 Cuando en 1982 apareció el brillante ensayo de Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, entre las tantas polémicas que lo acompañaron, estuvo la de si el poeta mexicano exageraba la analogía entre el régimen novohispano y las dictaduras totalitarias del siglo XX y si, en consecuencia, la monja novohispana había sido una disidente y una feminista avant la lettre. Tenorio sigue más a Antonio Alatorre que a Octavio Paz en su lectura de Sor Juana, pero coincide en que la poética sorjuanina quiebra los moldes del barroco oficial e imitativo de las generaciones anteriores. 

 Aunque haya escrito poemas a virreyes y arzobispos, la poesía de Sor Juana trascendía el barroco del Siglo de Oro peninsular por composición estilística, apertura intelectual y libertad moral. En los círculos eclesiásticos y letrados de la Nueva España, Sor Juana representaba un desafío a la poesía oficial, muy distinto al de la lírica popular y anónima, las sátiras blasfemas o las llamadas “coplas de negros”, pero un desafío al fin. 

 Hacia el final de su libro, Tenorio presenta otra fisura a través de la poesía de los últimos años del virreinato, en la que destacaron Anastasio de Ochoa y Acuña y Francisco Manuel Sánchez de Tagle, entre otros. Aunque literariamente mejor formados, poetas previos, como Manuel Martínez de Navarrete o José Manuel Sartorio, agrupados en la Arcadia Mexicana y el Diario de México, habían desembocado en un neoclasicismo oficial, que llegó a ser, en algunos casos, fernandista y hasta contrainsurgente al inicio de la guerra de independencia. 

 En Ochoa, Lizardi y el injustamente olvidado Sánchez de Tagle, en cambio, encuentra Tenorio indicios de romanticismo que, en el plano de las ideas políticas, se mezclan con una transición al republicanismo católico. Dice Tenorio que Sánchez de Tagle era un “autor más bien mediano, pero con oficio”. Seguramente tiene razón, pero el michoacano llegó a escribir poemas como el titulado “A la luna en tiempos de discordias civiles”, donde se leen estos versos tan actuales: “no habrá mérito ya, virtud segura;/ todo se ataca, todo se atropella/ con mano y lengua impura:/ imprudente maldad todo lo huella”.

martes, 14 de julio de 2026

Carlo Ginzburg: la historia en la sangre




Su padre, Leone Ginzburg, fue un judío ucraniano que emigró a Italia y se dedicó a estudiar, enseñar y traducir la literatura rusa en Turín. Fundó con Giulio Einaudi y Cesare Pavese la editorial Einaudi y se involucró en la clandestinidad antifascista contra el régimen de Benito Mussolini. En 1943 fue arrestado por la Gestapo en Roma, torturado y luego asesinado en la siniestra cárcel de Regina Coeli, en el barrio de Trastevere. 

 Su madre, Natalia Ginzburg, fue una de las grandes escritoras italianas de todos los tiempos. Autora aclamada de Nuestros ayeres (1952) y Léxico familiar (1963), que dan vida desde la memoria a aquel pasado trágico, fue también la pensadora sutil de Las pequeñas virtudes (1966), textos en los que condensó sus ideas sobre la educación y la familia, la libertad y la cultura. 

 Él, Carlo Ginzburg, nacido en Turín en 1939, cuando sus padres eran luchadores clandestinos del antifascismo, y fallecido recientemente en Bolonia, en cuya universidad enseñaba desde hace más de cuarenta años, se convertiría en uno de los historiadores más originales y admirados de de fines del siglo XX y lo que va del siglo XXI. 

 Ginzburg comenzó a ser conocido fuera de Italia después de la publicación y traducción de su brillante estudio El queso y los gusanos (1976), que editó Einaudi. El libro reconstruía, a través de un expediente inquisitorial, la cosmovisión de Menocchio, un humilde molinero del Véneto, a fines del siglo XVI, que cuestionaba la idea del Purgatorio, la inmaculada concepción de María, la santísima Trinidad, la autoridad papal y los privilegios del clero. 

Al tribunal del Santo Oficio sonaron luteranas o calvinistas las ideas de Menocchio, pero lo que más lo escandalizó fue su personal versión del Génesis. Según el molinero, una masa amorfa de tierra, agua, fuego y aire había generado, como la leche el queso, un enjambre de gusanos: los ángeles. Dios era uno de aquellos ángeles, por lo que era creador y criatura al mismo tiempo, junto con las plantas, los animales, los monstruos, Lucifer y los arcángeles, a quienes puso bajo sus órdenes. 

Menocchio fue quemado en la hoguera en 1599 por hereje, y Carlo Ginzburg, el historiador que rescató a aquel personaje real de la Edad Media, sería cuestionado a fines del siglo pasado por viejas corrientes historiográficas, deudoras del positivismo, el marxismo-leninismo, el estructuralismo y otros enfoques. Se le reprochó a Ginzburg dar como fuentes válidas los documentos de la Inquisición y hablar de una “cosmogonía personal”, cuando se trataba de creencias colectivas. 

Aquellas polémicas fueron perfilando en Ginzburg una idea de la historia que nadó a contracorriente, hasta alcanzar una amplia referencialidad. Desde el punto de vista teórico, el aporte del historiador italiano sería fundamental: propuso no pensar los rastros del pasado como pruebas o evidencias de hechos rotundos sino como huellas o indicios de fenómenos, muchas veces, con desenlaces imprecisos. 

En libros posteriores como El juez y el historiador (1993), sobre el caso de Adriano Sofri, militante y periodista italiano, condenado a prisión por terrorismo y asesinato, Ginzburg desarrolló más la diferencia entre historia y derecho. La confusión entre estas formas del saber, tan común en las apelaciones al “tribunal de la historia” o en las demandas de paredón por vía académica, según el historiador, tiene como sustrato el dogma positivista de los hechos duros. 

En otro libro suyo, El hilo y las huellas (2010), editado por el Fondo de Cultura Económica, se argumenta a favor del diálogo entre historia y literatura, verosimilitud y ficción, justo en el momento de arranque de las nuevas tecnologías de la postverdad. Hoy, redes y medios se saturan de auténticas patrañas, revestidas del mismo viejo positivismo, que refutaba con tanta elocuencia Carlo Ginzburg, un académico que llevaba la historia en la sangre.

domingo, 12 de julio de 2026

Regreso a los 90 con Jordi Soler



He leído de un tirón Las armas de la ilusión (Alfaguara, 2026) de Jordi Soler, supongo que por sus ráfagas de memoria de los años 90 en el antiguo DF. Llegué a esta ciudad en el verano de 1991 y me enteraba de lo que sucedía en México y el mundo por el periódico La Jornada, que muchos cargábamos con nuestros libros en los peseros de Avenida Universidad, Copilco e Insurgentes, rumbo a la UNAM y el Colmex. 

 A Jordi Soler lo escuchábamos en la estación de radio Rock 101 y luego lo veíamos en el Canal 11, en el programa Del Rock y otras rolas. Después lo hemos leído en sus novelas y sus brillantes columnas en el periódico Milenio. Pero en este último libro, el escritor nos devuelve de golpe a su juventud, que fue también la nuestra, en aquellos años de ilusiones desarmadas y sueños paralizantes. 

 La novela -¿es esta memoria una novela o es esta novela una memoria?- comienza con el rock y muy rápido se desplaza al revuelo que causó el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en la juventud capitalina. En mi recuerdo, el DF era un lugar muy rockero, si se comparaba, por ejemplo, con La Habana, la ciudad de la que yo venía. En Rockotitlán y otros bares escuchábamos a Los Caifanes, Maldita Vecindad, Botellita de Jerez y Santa Sabina. 

 Pero Soler comienza aludiendo a algunos equívocos o desencuentros entre el rock y la ciudad, que dan un tono premonitorio a la trama de este libro. Recuerda el escritor cuando en el Toreo de Cuatro Caminos, Joe Cocker no pudo cantar un solo tema, de lo borracho y drogado que estaba, o cuando Jim Morrison de los Doors “lucía un vistoso coma etílico” o cuando unos dobles de Ian Gillan y Ritchie Blackmore se hicieron pasar por los Deep Purple en la Ciudad de los Deportes. 

 Ese preámbulo da paso con fluidez a la historia de los múltiples intentos de frustración oficialista del concierto de “Rock por la Paz y la Tolerancia”, organizado por el EZLN y varios grupos rockeros mexicanos en 1995 en el Estadio de Prácticas de la UNAM. Soler hizo un promocional de aquel concierto, con la voz del Subcomandante Marcos, que se trasmitió durante semanas, a pesar de múltiples amenazas y conatos de censura. 

 Las memorias de Soler se colocan en ese punto de vivencia e inverosimilitud que es propia de las novelas. El pasaje dedicado a la entrevista con el escritor colombiano Fernando Vallejo, autor de La virgen de los sicarios (1994), en una tienda de vestidos de novia del Centro Histórico de la Ciudad de México, es completamente novelesco. La conversación entre los dos escritores recorre temas como el culto a María Auxiliadora, la Iglesia, el travestismo y la sobrepoblación mundial. 

 La conversación entre Vallejo y Soler, para el noticiario Blanco y negro, que conducían Javier Solórzano y Carmen Aristegui, se conserva en Youtube, pero la narración de Las armas de la ilusión desborda ágilmente aquella realidad audiovisual. En el libro se cuenta que, después de la entrevista, los interlocutores se fueron con la editora Marisol Schulz a casa de Vallejo en la calle Amsterdam, donde el novelista colombiano tocó al piano una sonata de Antonio Soler, y terminaron la noche persiguiendo un carrito de camotes por la Condesa. 

 Recrea también Jordi Soler algunas escenas de su paso por Dublín, como agregado cultural de México en los años 2000. Entre sus proezas joycenas, en la capital irlandesa, estarían entrevistar, traducir y editar al poeta Seamus Heaney, Premio Nobel en 1995, y organizar una muestra de retratos de José Luis Cuevas en la casa de Oscar Wilde, en Merrion Square. 

 Todo esto está narrado con un derroche de “self mockery” o con una falta de solemnidad que mucho recuerdan a James Joyce, al propio Fernando Vallejo, pero también a Guillermo Cabrera Infante. El escritor recuerda su pasado, bien claro de que “una sola piedra puede desmoronar un edificio”, como decía Francisco de Quevedo, lo cual suena a antídoto contra tanto narcisismo y escarnio en las redes.

viernes, 26 de junio de 2026

Rosas y otros Cincinatos hispanoamericanos




La historiadora argentina Marcela Ternavasio, autora de libros imprescindibles sobre la revolución de independencia en el Río de la Plata y los dilemas del orden político en la primera mitad del siglo XIX en Argentina e Hispanoamérica, ha publicado un nuevo estudio sobre Juan Manuel de Rosas, el gran caudillo bonaerense, que moldeó el arranque de aquella república. 

 El libro se titula Juan Manuel de Rosas. Retrato de un líder polarizador en los orígenes de la república y lo edita Siglo XXI en Buenos Aires, la misma casa que ha publicado otros títulos fundamentales de Ternavasio como Gobernar la revolución (2007) y Los juegos de la política (2021). El significado del subtítulo, “retrato de un líder polarizador”, podría prestarse a algún equívoco si no se lee con atención el volumen. 

 El libro es más que un retrato de Rosas o un ensayo biográfico sobre quien, según él mismo, “gobernó Argentina por treinta años”. La interpretación de la historiadora va más allá de la figura de Rosas, sus ideas, sus motivos o sus decisiones, no sólo porque perfila también a otros de sus contemporáneos, rivales o interlocutores, como Juan Lavalle, Facundo Quiroga o Justo José de Urquiza, sino porque ofrece un marco analítico abarcador del primer régimen republicano argentino. 

 La historiadora repasa la historiografía sobre Rosas y se detiene en las contribuciones de Raúl Fradkin y Jorge Gelman, que hablaron de un “sistema rosista”, de Roy Hora, que ha insistido en leer al caudillo no como líder emblemático de una sociedad sino como actor político, de Andrea Reguera, quien puso énfasis en las redes interpersonales de Rosas, y de Jorge Myers, autor de un estudio clásico sobre el republicanismo en las primeras décadas del Río de la Plata postcolonial. 

 El libro de Ternavasio explora cómo la renuncia a cargos formales en el ejército, la administración regional y a la propia jefatura del Estado se convirtieron en mecanismos de autorización del poder de Rosas. El caudillo cultivaba una imagen de hombre de campo o estanciero, mientras se adueñaba del poder político de la Confederación argentina desde el gobierno de Buenos Aires.  La figura romana de Cincinato, que en Estados Unidos se asoció a George Washington y simbolizaba el ejercicio del poder, no por voluntad propia, sino por el bien de la patria en peligro, fue apropiada por el rosismo. 

 En México, en las mismas décadas, a Antonio López de Santa Anna se le representó como un Cincinato mexicano. Cuando la escocesa Madame Calderón de la Barca y su esposo, el ministro de España, llegaron a Veracruz y visitaron a Santa Anna en su hacienda Manga de Clavo, en 1839, esa fue la imagen que el caudillo xalapeño trasmitió a la pareja. En su libro La vida en México (1843), la escritora aludió textualmente a Santa Anna como el Cincinato de México. 

 Aquella aureola de humildad popular fue la fachada de una triple conquista operada por Rosas: la de las comunidades de ranqueles y pampeanos del llamado “Desierto” argentino, la de la opinión pública y la de la sociabilidad cotidiana. El “Restaurador de las Leyes”, a quien se adjudicaba el regreso del orden y la estabilidad en la provincia de Buenos Aires, creó una red de colaboradores leales, dentro y fuera del país suramericano, que apuntalaron su rol de líder insustituible. 

 El Rosas de Ternavasio tiene una factura brillante y circular: empieza como concluye y termina como inicia. Un Rosas exiliado, anciano, en Southampton, corrige por enésima vez su testamento y no puede evitar regresar a sus impulsos de siempre. Derrotado en Caseros, veinte años atrás, por Urquiza, quien le envía mil libras esterlinas anuales, vuelve a presentarse como un humilde granjero, carente de ambiciones, pero reivindica su prolongado mandato y refuta puntualmente a cada uno de sus críticos. Sólo pide una cosa: que sus restos sean repatriados, cuando en su patria “se le reconozca”.
 
  Fue el peronismo de derechas el que más avanzó en el proyecto de repatriación de los restos de Rosas. El presidente Carlos Saúl Menem logró que los huesos de Rosas fueran trasladados a Francia, para luego ser enviados a Argentina, donde serían enterrados en la Catedral de Buenos Aires, junto a los de San Martín. El proyecto se frustró por regulaciones del Vaticano sobre el enterramiento en catedrales, pero Menem logró que la osamenta de El Restaurador fuese enviada de Francia a Argentina y enterrada con honores en Rosario en 1989, en el panteón familiar.

viernes, 12 de junio de 2026

La profecía cubana de John Womack






En la página final de sus Cuadernos para la historia Cuba (ITAM/ Fundación Ortega-Marañón, 2025), John Womack cierra el volumen con estas palabras: “Imaginar que Cuba, tal como está organizada ahora, se derrumbará como Alemania del Este es, creo, una ilusión. Conquistarla es posible, pero sería tremendamente costoso en sangre y dinero. Negociar, en abstracto, es lo más razonable, pero hasta ahora ha sido imposible incluso acordar los términos de la negociación, ya que Estados Unidos insiste en su definición y Cuba insiste en su independencia absoluta”. 

 Estas palabras fueron escritas, como recuerda Womack en el Prefacio, entre 1994 y 1999. En aquellos años gobernaba Estados Unidos el demócrata Bill Clinton, un presidente que abrió una interlocución tímida e indirecta con La Habana, antes de 1996, cuando regía la Ley Torricelli, cuyo “segundo carril” mostraba alguna voluntad negociadora. Después del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, por el que hoy se está imputando a Raúl Castro en Estados Unidos, Clinton, que había expresado el deseo de vetar una nueva ley que reforzó el embargo comercial contra la isla, la Helms-Burton, firmó esta enmienda y la relación bilateral se complicó al final de su mandato. 

 Cuando Womack hizo las últimas revisiones de aquellos cuadernos, a fines de la década, las relaciones entre Estados Unidos y Cuba estaban por entrar en uno de sus momentos de más frenética confrontación, con el caso del niño balsero Elián González. El texto del historiador de Harvard no refleja tanto la rispidez de los años finales de la administración Clinton y, sobre todo, los primeros de la de George W. Bush, como la atmósfera menos tensa de la primera mitad de los 90. Resulta revelador el pasaje, no sólo por el realismo con que Womack observaba entonces las pocas posibilidades de un cambio de régimen en Cuba. 

  No compartía el historiador el predominante entusiasmo que entonces suscitaba la idea de que se produciría un desplome del socialismo real en la isla, como el que experimentaban los regímenes de Europa del Este. Aquel pesimismo era, sin dudas, visionario, a la luz de la historia de Cuba en el tránsito del siglo XX al XXI. Pero más premonitorio resultaba que contemplara la posibilidad de una negociación entre Estados Unidos y Cuba. 

  En aquellos años, en que Fidel Castro gozaba de un renovado reconocimiento en América Latina, gracias, en buena medida, a líderes decididos a incluir a Cuba en foros iberoamericanos como Felipe González, Carlos Andrés Pérez o Carlos Salinas de Gortari, eran muy pocos los que creían en la posibilidad de un entendimiento entre Castro y Clinton. 

 Muy probablemente, cuando escribió aquel pasaje, Womack estaba al tanto del intento de mediación entre Estados Unidos y Cuba, que hizo Carlos Salinas de Gortari, con ayuda de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Y seguramente, la interpretación Womack sobre el por qué fracasaron aquellas negociaciones, luego de la Ley Helms-Burton -aunque por el camino lograron el acuerdo migratorio de 1994, tras la “Crisis de los Balseros”- tuvo que ver con su lectura del reforzamiento legislativo del embargo comercial estadounidense. 

 Cuando Womack se refería a la posibilidad de una “conquista” de Cuba tal vez estuviera pensando en los impactos de la presión comercial intensificada en la Ley Helms-Burton o, de hecho, en una intervención militar. Cualquiera de esos dos escenarios se derivaban de la frase del historiador de que Estados Unidos persistía en su “definición” de Cuba como un régimen comunista, enemigo de Washington. 

 En lo único en lo que, quizá, el pronóstico de Womack erró fue en la idea de que la apuesta de Cuba era por una “independencia absoluta”. La historia tanto de la dependencia de La Habana de la Venezuela chavista como de la propia negociación entre Raúl Castro y Barack Obama, entre 2013 y 2016, prueba que Cuba sí cedió en su soberanía.