Dice Díaz que mi libro es “anodino”, aunque le dedica un largo panfleto, y que sólo aporta una plana sucesión de hechos. A mi fallido ejercicio positivista, opone una revelación de errores o un desenmascaramiento de mentiras con verdades. Pero como veremos, su diatriba logra el milagro de multiplicar las mentiras y los errores, algunos fácticos y otros, los más graves, de interpretación.
La caracterización de mi libro como una sumatoria de hechos busca, desde un inicio, rehuir el sentido del texto y no entrar en una discusión de fondo sobre las tesis de la Breve historia de Cuba (2026). Como puede constatarse en su diatriba de hace diez años, a Díaz lo motiva una diferencia conceptual e ideológica con mis libros. Pero prefiere mantenerse en el plano positivista para cuestionar mi reputación o mi solvencia académica ¿A qué se debe esa elusión del debate teórico o ideológico?
Díaz dice que en mi libro sólo se tratan las cuestiones materiales de la historia de Cuba al principio, cuando se aborda la experiencia de los pueblos originarios de siboneyes o taínos. Sin embargo, hay capítulos enteros dedicados a las funciones portuarias de La Habana, a la economía de plantación azucarera y esclavista en el siglo XIX, a la modernización económica del periodo republicano, a la nueva concentración en el azúcar durante el periodo soviético y al esquema bolivariano de intercambio de subsidio petrolero venezolano y compra de servicios médicos y de seguridad ¿No hace todo esto parte de la historia material de Cuba?
No entiende Díaz el significado del título del capítulo “La Habana de los Austrias”. En dicho capítulo se reconstruye la centralidad de la función portuaria de La Habana, dentro del imperio de los Habsburgos, entre los siglos XVI y XVII. Para la corona española era La Habana, con sus aserraderos, sus astilleros, sus fortificaciones financiadas por los situados novohispanos y su intensa conexión con Veracruz, el eje de aquella naciente colonia caribeña. El título remite por tanto al tiempo dinástico de los Habsburgos y al espacio, no únicamente de La Habana, sino de toda la isla. Incluir en ese capítulo sucesos que tienen lugar en Manzanillo o Puerto Príncipe no es una traición al título.
Díaz comparte el cliché que de que Antonio Cánovas del Castillo pronunció la frase “hasta el último hombre y la última peseta”. En mi libro recuerdo algo muy conocido, especialmente, en la historiografía peninsular sobre Cuba, y es que cuando estalló la guerra del 95, el Presidente de Consejo de Ministros, el liberal Práxedes Mateo Sagasta, pronunció varias veces en las Cortes de Madrid, otra frase parecida: “hasta la última peseta y la última gota de sangre”. Díaz comete el error de atribuir esta frase a Cánovas y sostiene que el término “contrainsurgencia” para aludir a las campañas militares realistas en Cuba, entre 1896 y 1897, es inadecuado.
No sé qué historiografía latinoamericana lee Díaz, pero le puedo asegurar que el concepto de “contrainsurgencia” se utiliza con amplitud en los estudios sobre las campañas españolas contra las guerras de independencia de las colonias borbónicas, en las guerras civiles de mediados del siglo XIX entre liberales y conservadores, en las revoluciones centroamericanas de los años 20 y 30 y en las ofensivas militares contra las guerrillas latinoamericanas de la Guerra Fría. No veo por qué no se pueda aplicar a la guerra de 1895 en Cuba, que surgió de un alzamiento de separatistas cubanos al oriente de la isla.
Sostiene Díaz, muy convencido, que la idea de la alfabetización no aparece en el programa del Movimiento 26 de Julio y comete el error de considerar La historia me absolverá (1953) de Fidel Castro como documento de dicho movimiento. Pero no, el Movimiento 26 de Julio no existía cuando el asalto al cuartel Moncada. En el “manifiesto-programa” Nuestra Razón (1956) del Movimiento 26 de Julio, redactado por Mario Llerena, luego de la fundación de dicha organización en México, se propuso la “alfabetización sistemática”.
La educación era el punto quinto, después de la “soberanía nacional”, la “independencia económica”, el “trabajo y el “orden social”.
En la parte operativa de dicho programa, junto con los proyectos de creación de “ciudades infantiles” y reforma detallada de la instrucción en las zonas rurales, se diseñó un “plan intensivo de alfabetización”, especialmente en el campo, que se echó a andar desde el periodo insurreccional de la Sierra Maestra ¿Cuál es el propósito de negar algo tan evidente, respaldado por documentación histórica?
En cuanto a la renuncia de Manuel Urrutia en julio de 1959, dice Díaz extrañamente irritado: “quien renunció fue Fidel”. Cómo, ¿acaso no renunció Urrutia después de las arengas televisivas de Castro contra el “anticomunismo febril” del presidente y las denuncias de corrupción del periódico Avance? Aquellos ataques diarios, antes del 23 de julio, cuando se verificó la renuncia de Urrutia en Palacio Presidencial, eran proferidos por un Fidel Castro que había renunciado artificiosamente.
Según Díaz, en mi texto se confunden o se invierten las tesis económicas del Che Guevara y de la corriente prosoviética que encabezaba Carlos Rafael Rodríguez. He dedicado al tema dos capítulos de mis libros, Historia mínima de la Revolución Cubana (2015) y El árbol de las revoluciones (2021) y me he referido a esas polémicas económicas en muchos libros anteriores, que Díaz ha leído ¿A qué responde esa tergiversación deliberada sino a un afán de desacreditar?
Lo que dice el pasaje que molesta a Díaz es que la corriente pro-soviética proponía un “énfasis en la planificación central, el cálculo económico y la industrialización del país”. El Che Guevara compartía algunos elementos de esa política, como la industrialización, pero rechazaba otros como el cálculo económico y las relaciones mercantiles entre las empresas. Proponía, en diversos textos aparecidos en las revistas Nuestra Industria y Cuba Socialista, un presupuesto único y un mayor acceso a la alta tecnología capitalista, para lo cual se requería cierta independencia del bloque soviético y aproximación a la Europa occidental.
Por eso señalo que Guevara defendía “otra forma de financiamiento empresarial, combinada con una transferencia de tecnología occodental”. Esto no significa, como dice Duanel, que yo esté colocando a Guevara contra la centralización, pero sí contra la planificación central de tipo soviético. En “Algunas reflexiones sobre la transición socialista”, el texto que resume mejor su proyecto económico, dice textualmente: “la centralización no significa un absoluto”.
Un error más de Duanel Díaz es dar la Batalla de Ideas por terminada en 2002 ¿En qué documento oficial se basa para hacer esa afirmación? La Vicepresidencia del Consejo de Ministros de Otto Rivero “para la atención a las inversiones a la Batalla de Ideas y otras tareas de la revolución”, mejor conocido como Ministerio de la Batalla de Ideas, se creó el 13 de diciembre de 2004. Como sugiere Gerardo Arreola, en Cuba, el futuro (Debate, 2021), nunca se dio por concluida la Batalla de Ideas, pero si hubiera que señalar su descontinuación y el ajuste de cuentas contra sus operadores habría que extenderse a los años posteriores a la sucesión de Raúl Castro en 2006.
A propósito del libro de Arreola, bien aprovechado en la parte final de mi estudio, dice Díaz que cito muy pocos libros de historia de Cuba. No sé si llegó a la Bibliografía, pero ahí están consignados más de 120 títulos, la mayoría de ellos de historiadoras e historiafores residentes dentro o fuera de la isla.
Hasta aquí los errores fácticos, pero vayamos a los errores de interpretación, que es donde se concentra mi divergencia conceptual con Duanel Díaz y los que como él piensan la historia de Cuba desde el paradigma anticastrista. Al igual que en su panfleto contra la Historia mínima (2015), Díaz me reprocha que hable de la dictadura de Gerardo Machado y la dictadura de Fulgencio Batista, pero no de la dictadura de Fidel Castro.
Como he escrito muchas veces –he dedicado al tema, incluso, un ensayo titulado “El concepto de Revolución en Cuba”- no pienso que el sistema político creado tras el cambio revolucionario en Cuba sea una dictadura. Dictaduras como las de Machado y Batista fueron interrupciones temporales de un orden constitucional previo. En Cuba, después de 1959, se reconstituyó el país de acuerdo con el modelo de los totalitarismos comunistas o los socialismos reales de la Unión Soviética y Europa del Este.
Tendría que repetir por enésima vez que no es lo mismo un régimen autoritario, como los de Machado y Batista, que un régimen totalitario, como el construido en Cuba y tipificado en la Constitución de 1976. Duanel Díaz conoce esa distinción conceptual plasmada en mis libros, porque hasta la ha citado en los suyos. Entonces, ¿por qué me reclama no utilizar categorías que no suscribo? La única explicación que encuentro es que confunde historia y propaganda y piensa que hay que escribir la historia de un país para atacar su régimen político.
Justo ahí aparece el otro equívoco conceptual de Díaz, muy común dentro y fuera de la isla. Como he escrito a propósito de sus propios libros, Díaz identifica la Revolución con el castrismo y piensa que un cambio revolucionario y un régimen político son lo mismo. Así como la historia oficial de la isla sostiene que la Revolución está viva y sigue su curso, él piensa que ese mismo fenómeno, al que llama castrismo, también sigue vigente. La historia de la Revolución sería, por tanto, la historia del castrismo y debe escribirse para contribuir a la caída de ese régimen.
Yo pienso el asunto de manera radicalmente distinta. La Revolución fue un fenómeno histórico enmarcado entre los años 50 y 70 del siglo XX. En mi libro, el periodo posterior a esa Revolución es tratado en los capítulos que llevan por título “Los años soviéticos”, “Fidel después del Muro”, “Hugo Chávez y la alianza bolivariana”, “Raúl Castro y el deshielo obamista” y “La reconstitución, el estallido y la crisis sin fin”.
Dice Díaz que mi libro no logra el objetivo de narrar e interpretar el pasado cubano desde la catástrofe que hoy vive Cuba. Pero resulta que el último de esos capítulos se detiene en la pandemia, el estallido social de 2021 y las protestas de 2022 y 2023, en el aumento de la represión de los jóvenes, el deterioro de los indicadores económicos y sociales que, según el último informe de la CEPAL, hoy colocan a Cuba por debaje de Haití, y hasta en el “colapso” o la “policrisis”, términos que se discuten en las páginas 179 y 180.
Díaz asegura que el objetivo del libro no se cumplió e, incluso, afirma que el libro carece de tesis porque, en el fondo, no le gusta el sentido del texto. En la Introducción, en las páginas finales y a lo lago del libro sostengo que una constante de la historia de Cuba es la dependencia o el vínculo colonial con diversas metrópolis o potencias regionales o mundiales. Ese eje, que trágicamente vuelve a manifestarse en nuestros días, confirma que la Revolución ya forma parte del pasado de la isla, lo cual molesta a Díaz y a quienes cuya visión del mundo está moldeada por el anticastrismo.
Así que el objetivo del libro sí se cumplió. Lo que sucede es que se cumplió en términos que no agradan al libelista Díaz. Lo más honesto, lo menos cobarde habría sido que Duanel Díaz discutiera con franqueza sus diferencias con el enfoque aplicado en esta Breve historia Cuba. Pero no, prefirió, como siempre, la descalificación y el escarnio.






