
Hace sesenta o setenta años los intelectuales latinoamericanos sabían distinguir una dictadura de una tiranía. Habían leído la distinción en el Hierón de Jenofonte o en el minucioso estudio que le dedicó Leo Strauss o en los comentarios que Alexandre Kojeve hizo al ensayo de Strauss. El importante historiador mexicano Daniel Cosío Villegas, creador del concepto y la colección de Historia Mínima en El Colegio de México, utilizaba el deslinde entre tiranía y dictadura para referirse a los regímenes políticos de América Latina, en 1950. Decía Cosío que entonces en Latinoamérica:
"La democracia consistía, más que nada, en un mínimo de libertad personal y en un mínimo de libertad pública, y la falta de una de esas dos libertades, o de ambas, justificaba la aplicación del término tiranía, cuando no el de dictadura. El primero es el abuso o la imposición de un grado extraordinario de cualquier poder o fuerza; el segundo se aplica cuando un gobierno, invocando el interés público, ejerce sus poderes públicos fuera de las leyes constitucionales del país".
Cosío escribía dos años antes del golpe del 10 de marzo de Fulgencio Batista contra Carlos Prío Socarrás y aseguraba que Cuba, como México o Uruguay, era "inmune a la tiranía". No sé si llegó a escribir sobre el régimen de Batista pero si lo hizo seguramente lo consideró una dictadura, no una tiranía, al igual que Gastón Baquero y Jorge Mañach, desde diferentes perspectivas, en una conocida polémica en el Diario de la Marina, que gloso en mis libros Tumbas sin sosiego (2006) y Motivos de Anteo (2008). Cuando los jóvenes revolucionarios cubanos de los 50 insistían en llamar "tiranía" al régimen de Batista subordinaban el rigor conceptual a la propaganda política.
Lo mismo hacen hoy quienes ponen en duda que el régimen de Batista haya sido una dictadura y persisten en utilizar ese concepto, equivalente al de régimen autoritario -no totalitario-, para referirse al comunismo cubano. Si utilizaran las palabras "tiranía" o "despotismo", que lamentablemente han entrado en desuso, serían más precisos, aunque dudo que más eficaces. Los regímenes comunistas no han sido nunca dictaduras y, sólo en un caso, el norcoreano, introdujeron un claro formato de sucesión dinástica. Un régimen comunista no suspende una constitucionalidad previa, para gobernar con poderes emergentes, sino que crea un nuevo orden constitucional, de acuerdo a una ideología de Estado. Es, por tanto, algo más parecido a una tiranía que a una dictadura.