En
el verano de 1952, un joven argentino, estudiante de medicina en Buenos Aires,
llamado Ernesto Guevara de la Serna, pasó varias semanas en Miami. Había tomado
un avión que transportaba caballos, en Caracas, al final de su gira latinoamericana
en motocicleta, con Alberto Granado, que luego de una escala breve en el Sur de
la Florida debía llevarlo de vuelta a Buenos Aires. La escala se demoró un mes,
por problemas con el avión, y el joven buscó refugio en el apartamento de un
primo de su novia, Jimmy Roca, que estudiaba arquitectura en esa ciudad.
El
poeta cubano Néstor Díaz de Villegas ha versificado aquella experiencia en el
cuaderno Che en Miami, que acaba de
publicar la editorial valenciana Aduana Vieja. Las pocas noticias que tenemos
de esa estancia de Guevara en Miami, recogidas por Jon Lee Anderson y Jorge
Castañeda en sus biografías, son recreadas por Díaz de Villegas en una suerte
de poema épico, que tratando de parodiar al Neruda del Canto general o, mejor, de Canción
de gesta, termina por parecerse a Paradise
Lost de Milton.
El
paso de Guevara por Miami es narrado, aquí, como una temporada en el infierno.
En el balneario luminoso y próspero, decorado con los edificios art decó de
South Beach, la vida del joven argentino es precaria. Tiene 15 dólares, que no
gasta, porque ha prometido comprarle una bufanda o una trusa a su novia.
Trabaja limpiando el piso de una azafata cubana y como lavaplatos en un
restaurante. Vaga por Biscayne Boulevard y pasa horas en la biblioteca de la
ciudad, haciendo esfuerzos por concluir sus estudios de medicina.
El
cuerpo de la azafata sería, según la especulación lírica de Díaz de Villegas,
el primer experimento cubano de Guevara. Cuatro años después, en una segunda
gira latinoamericana, se produciría el encuentro con los hermanos Castro en
México, que acabaría de conectarlo al Caribe. Miami fue, además del primer
atisbo cubano de Guevara, el primer indicio del estereotipo del mal
capitalista. En ese balneario glamoroso, un Che sucio, pordiosero y hambriento,
que siente vivir los “días más duros y amargos de su vida”, es la prefiguración
del guerrillero de la Sierra Maestra y el Congo, de Santa Clara y Bolivia.
Díaz
de Villegas es un poeta virtuoso, que sabe transitar con gracia del casticismo
al desparpajo. Su ubicación del Che en Miami es una operación estética y, a
la vez, política, que, sin embargo, no se endeuda con la historia. Ese Guevara
vagabundo, medio beatnik y poeta él
mismo, existencialista y marxista, no es un sujeto anterior o diferente al
caudillo y el déspota en que se convertirá después. Ese Guevara miamense del 52 es, también, el comandante del 59 y el
orador de la ONU del 64. El Che en Miami son todos los Che posibles, el del
Parque de las Palomas y el de los fusilamientos de La Cabaña:
“El
tocororo fúnebre dio un graznido salvaje,
él
sacó la pistola y meó entre las palmas,
se
miró en el reflejo de las flores del agua.
El
chorro rompió un espejo, siete años de mala
pata.
Un conejo vino a lamerle la mano.
El
doctor escuchaba la risa de los pájaros,
acuclillado
entre helechos, excrementos y calas.
¡Parque
de las palomas, tú tuviste a Guevara
entre
los bujarrones, los bustos y las tarjas!
Desde
la Biblioteca a la calcárea estatua,
falta
un busto al valiente que montó bicicleta,
sombra
de Patagonia con Chatwin a la saga,
urinarios
simétricos, lívidos anacoretas
Que
comían raíces y escupían pancartas.”
Como
Marx en Londres, Lenin en Zurich o Gorky en New York, el Che de Díaz de
Villegas vislumbra en Miami algo más que el capitalismo: vislumbra el lugar de
la traición y el demonio. Esa ciudad, que se le revela lo mismo en el hipódromo
que en la base naval de Homestead, construirá el lugar de un mal tangible, del
que Guevara echará mano ya en 1958, durante su polémica con René Ramos Latour en la Sierra Maestra.
Desde entonces Miami será para Guevara el lugar de los pactos y las
transacciones, donde los políticos demócratas –es decir, traidores- se reúnen
para imaginar un destino diferente al de la Revolución.
Che en Miami es el cuaderno de un
poeta que también vagó por Biscayne Boulevard. El poeta de El estrangulador de Flagler Street, que puede camuflarse en la piel
de un Guevara que pudo narrar William Kennedy. Hay en este poemario una
yuxtaposición de subjetividades, entre el poeta y el caudillo, que se
transfiere, en algún momento, a todos los cubanos del último medio siglo. El
paso del Che por Miami sería un episodio en esa lógica o ese viaje, que aseguró más de 50
años de comunismo en Cuba y una tumba estalinista en Santa Clara. Un viaje a ninguna parte
en el que los sujetos se confunden, Díaz de Villegas y Guevara, Cuba y Miami.
“En
la tumba debajo de la pista.
En
la tumba de todos a la vista.
En
la tumba del Cristo comunista
yacemos
también nosotros y tus hijos.
En
la fosa que goza hay una aeromoza
para
servirte y celebrarte siempre.
Jimmy
Roca construyó tu mausoleo
de
periódicos viejos y entrevistas,
un
museo de cera con Batista
modelado
en sueños y legajos.
Hoy
tu tumba es su avión, es un relajo.
Despegamos,
pero jamás llegamos.
El
camino de asfalto es todo lo
que
era: un abismo y una carretera
que
se deja montar sin ir a ningún lado”.