
Cuando escribí el último post, el pasado jueves al mediodía, no había caído Mubarak ni había leído el magnífico artículo de Timothy Garton Ash, que reprodujo El País este fin de semana. Debo decir que me satisface mucho coincidir con el profesor de Oxford y creo que, de no haber muerto, Tony Judt habría llegado a la misma conclusión: la egipcia es una revolución –no una revuelta popular o un golpe de Estado-, pero de nuevo tipo.
Además de un proceso de cambio social y político, una revolución es una ingente politización de la sociedad. El neomarxista Jacques Rancière diría que una revolución es una acelerada constitución de nuevas subjetividades políticas. Y eso es lo que ha sucedido en Egipto. En dos semanas se ha reconstituido la esfera pública de ese país con nuevos actores, que no se irán tranquilamente a sus casas, luego de la salida de Mubarak.
Toda vez que un millón de ciudadanos sale a las calles y desata una retrocesión de la soberanía se ha producido una revolución, aún cuando el cambio de régimen político no llegue a consumarse. Si sólo fueran revoluciones aquellas que llegan a consumar los cambios o a generar nuevas formas estables de gobierno entonces una revolución como la haitiana, clásica en más de un sentido, no calificaría como tal.
La reticencia de algunos a llamar revolución lo que sucede en Egipto proviene, creo, del equívoco del jacobinismo, estudiado y criticado por los esposos Ferenc Feher y Agnes Heller. El primero escribió el libro La revolución congelada (1989), en el que a medio camino entre la crítica historiográfica y la teoría política, insistía en entender el jacobinismo como uno de los momentos o de las corrientes de la Revolución Francesa y no como la revolución misma o como su fase más propiamente “revolucionaria”, por ser la más radical.
El libro de Feher estaba escrito desde mediados de los 80, pero se editó y circuló a fines de esa década, en medio de la caída del Muro de Berlín y las transiciones a la democracia en Europa del Este. Su esposa, Agnes Heller, fue precisamente una de las que más defendió el llamar revoluciones a aquellas democratizaciones del socialismo real. Heller y Feher se resistían a entender por revolución únicamente los movimientos radicales del jacobinismo, el socialismo, el comunismo, el bolchevismo o los nacionalismos descolonizadores del siglo XX.
De ser así, pensaban, entonces ni Mirabeau ni Sieyés ni Napoleón, ni Washington, Jefferson o Hamilton serían revolucionarios. De ser así, agregaríamos nosotros, la mexicana de 1910 no sería una revolución, ni las independencias hispanoamericanas del siglo XIX, que produjeron un cambio social y político más profundo aún que muchas revoluciones nacionalistas del siglo XX. En el fondo, la negativa a entender como revolución lo que ocurre en Egipto tiene que ver con el componente democrático, antiautoritario y pacífico que posee ese movimiento ciudadano. Como si democracia y revolución fueran procesos inconjugables.
Las simpatías globales con la revolución egipcia han desatado apropiaciones curiosas. Barack Obama la ha comparado con la caída del Muro de Berlín y Mahmoud Ahmadinejad asegura que se trata de un nuevo capítulo de la revolución islámica, iniciada por los iraníes hace tres décadas. Uno y otro se equivoca, ya que como dice Garton Ash “el Cairo en febrero de 2011 es el Cairo en febrero de 2011”. Pero esta revolución es nueva por su moderna antigüedad, no por ningún determinismo tecnológico, sino por su tipo específico de sociabilidad y por su reformulación de valores milenarios.
“Lo viejo, en este Cairo de 2011 –tan viejo como las pirámides, tan viejo como la civilización humana- es el grito de los hombres y mujeres oprimidos, que vencen la barrera del miedo y viven, aunque sea de forma pasajera, la sensación de libertad y dignidad. Mi corazón daba saltos de alegría cuando vi las imágenes de las inmensas muchedumbres que se concentraban pacíficamente en el centro de la ciudad celebrando el día del rais. Sin embargo, cuando acabemos de tararear el coro de los prisioneros compuesto por Beethoven para Fidelio, no olvidemos que estos momentos son siempre efímeros. Queda por delante la dura tarea de consolidar la libertad”.