Iván de la Nuez reúne en un libro, editado por Debate, las críticas de arte que ha escrito en los últimos veinte años. Se trata, como casi toda su obra, de un ejercicio de ubicación de sí en el pensamiento contemporáneo a través de un género personal de escritura. Las críticas de De la Nuez son ensayos en los que el arte aparece como documento que debe ser leído desde el repertorio de ideas de la teoría actual. El arte como literatura de imágenes y el artista como sujeto de ese imaginario deben ser pensados.
El itinerario de este crítico comienza en 1989, con la caída del Muro de Berlín –hito todavía incómodo para buena parte de la izquierda mundial. Y termina en 2009, en Guantánamo, “base” naval y prisión “antiterrorista”, como tabú de las subsistencias de la guerra fría en el mundo posterior al derribo de las Torres Gemelas. El viaje del crítico va del 89 al 09, con una parada en el 11/9, en tanto estación de giro de la historia global. Estas críticas parecen escritas por un filósofo y pensadas por un historiador.
Por el camino De la Nuez recorre diversas topologías o fabricaciones de lugares simbólicos, en la cultura de la postguerra fría, como la de América Latina como enésima reinvención de Macondo –un exotismo que parece no tener fin, entre el bebé con cola de cerdo y los misterios telúricos de Haití-, Miami y la Habana como sitios especulares de peregrinación para artesanos de la imagen global –Christo o Spielberg- o el Berlín postcomunista como capital irónica del “hombre nuevo”.
Este itinerario da cuenta de una lealtad al estilo y de una coherencia intelectual que se echan de menos en amplias zonas de la crítica contemporánea. Siempre ha habido, en De la Nuez, una manera reconocible de escribir y pensar, un modo persistente de ejercer la crítica como práctica que desborda, y a la vez preserva, las fronteras del arte y la filosofía, de la historia y la literatura. Una práctica de veinte años, que en su ejercicio ha dejado algunos textos referenciales para la cultura cubana contemporánea.
Libros del crepúsculo

martes, 9 de febrero de 2010
domingo, 7 de febrero de 2010
El suicida perfecto

El 16 de octubre de 1910, durante un viaje a su natal Gorizia, Michelstaedter terminó de escribir su tesis La persuasión y la retórica y la envió por correo a la universidad. Al día siguiente se pegó un tiro en la cabeza. Giovanni Papini interpretó aquella muerte como un “suicidio metafísico”, en el que el fin de la vida propia era escenificado como un acto filosófico.
La invaluable editorial mexicana Sexto Piso ha rescatado la tesis de Michelstaedter, con notas críticas de Miguel Morey, Claudio Magris, Sergio Campailla, Massino Cacciari y Paolo Magri. A riesgo de simplificar una escritura misteriosa como pocas, diríamos que Michelstaedter propone una antinomia entre la persuasión, traducida como posesión de la vida y, a la vez, como experiencia comunicativa, y la retórica, en tanto rígida codificación simbólica del mundo.
En una formulación que recuerda al Hans Blumenberg de La posibilidad de comprenderse (2002), Michelstaedter presenta la experiencia humana como una lucha del sujeto contra las lenguas y hablas cosificadas por la modernidad. La afirmación del ser, en su condición mortal, sería, a su juicio, una protesta contra la reificación del lenguaje operada por la sociedad moderna.
Pero el suicidio, en esta filosofía, a diferencia de las tradiciones estoicas y existencialistas, vendría siendo tanto un acto de voluntad como de representación. Al matarse, el sujeto afirma la posesión sobre su propia vida y, a la vez, persuade al otro de que la comprensión es posible, que la retórica, finalmente, puede ser vencida, aunque sea por medio del silenciamiento de sí. El suicidio de Michelstaedter, a diferencia, por ejemplo, del de Benjamin, no es una claudicación sino un triunfo sobre la retórica.En el último Babelia, Manuel Cruz lo reseña: “Nos encontraríamos entonces con un pensador tumultuoso, apasionado, brillante, que, muy en la perspectiva de la época (la referencia a Wittgenstein resulta en este punto poco menos que inevitable), embiste contra los cuarteados muros del edificio de un mundo irremediablemente arruinado, reivindicando la persuasión, entendida como la posesión presente de la propia vida, frente a la retórica, constituida por todos esos saberes, instituciones, códigos, cuya única función es ocultar al hombre su más profunda condición, la de ser mortal”.
viernes, 5 de febrero de 2010
Casi todo Casey
Calvert Casey es uno de los buenos escritores cubanos peor publicados. Habanero nacido en Baltimore, en 1924, y muerto en Roma, en 1969, Casey fue un narrador y ensayista de rara modernidad en las letras cubanas. Homosexual, laico y suicida, lector de pornógrafos y psicoanalistas, de existencialistas y budistas, de José Martí y de Franz Kafka, de Virgilio Piñera y D.H. Lawrence, Casey dejó un puñado de cuentos y ensayos instalados para siempre en la mejor vanguardia literaria latinoamericana de mediados del siglo XX.
El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México (CONACULTA), ha reunido en un volumen los mejores cuentos de Casey y, lamentablemente, sólo seis ensayos. Entre estos últimos, algunos de los más conocidos, los “Diálogos de vida y muerte”, el “Kafka”, el “Miller”, las “Notas sobre pornografía” y “Memorias de una isla”. Incluye el volumen el raro texto “El centinela en el Cristo”, una premonitoria reflexión de Casey sobre la religiosidad política de la Revolución, pensada a la sombra del Cristo de la Habana, a unos metros de la Cabaña y el Che Guevara.
Entre los más de quince relatos, los mejores de Casey: “El regreso”, “El paseo”, “El amorcito”, “Mi tía Leocadia, el amor y el Paleolítico inferior”, “La dicha”, “La ejecución” o “Notas de un simulador”. El volumen ha sido pertinentemente titulado Cuentos casi completos (México D.F., CONACULTA, 2009), no sólo porque en él no están recogidos todos los relatos escritos por Casey sino porque en Casey había noción trunca o inconclusa de la literatura y de la vida.
El prólogo de Florence Olivier es uno de los mejores estudios de la obra de Casey que se han escrito hasta ahora. Un estudio con conocimiento de esa obra y, también, con la imaginación que se requiere para abordar a un autor tan espectral como Casey. Las principales obsesiones de Casey –el sexo, la muerte, el absurdo, la burguesía, la religión, el tiempo, la obra, el desamparo- están glosadas en ese prólogo, del que reproduzco sólo el último párrafo, impregnado del tono herético y, a la vez, devoto de la prosa del autor de “Piazza Morgana”
“Si en los cuentos de Casey los juegos de la ficción y del simulacro formulan conjuros que logran exorcizar lo absurdo de la muerte, la culpa, la definición sexual, la ilusión del presente como eternidad, en la vida real no hubo conjuro suficiente para proteger al amoroso viandante de la tentación suicida. “Piazza Morgana”, su último texto conocido, aborda la separación de los amantes con una audacísima variación del tema de la identificación con el otro. La ironía que encierra el rítmico relato de este viaje devorador por las suculentas entrañas del objeto del deseo celebra por fin, espantada toda culpa, la embriaguez erótica. Hasta la comunión en la muerte. Ya no hay simulacro que valga, ni nada ni nadie a quien imitar. “Yo” es el otro, la otra, la letra. Amén”.
El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México (CONACULTA), ha reunido en un volumen los mejores cuentos de Casey y, lamentablemente, sólo seis ensayos. Entre estos últimos, algunos de los más conocidos, los “Diálogos de vida y muerte”, el “Kafka”, el “Miller”, las “Notas sobre pornografía” y “Memorias de una isla”. Incluye el volumen el raro texto “El centinela en el Cristo”, una premonitoria reflexión de Casey sobre la religiosidad política de la Revolución, pensada a la sombra del Cristo de la Habana, a unos metros de la Cabaña y el Che Guevara.
Entre los más de quince relatos, los mejores de Casey: “El regreso”, “El paseo”, “El amorcito”, “Mi tía Leocadia, el amor y el Paleolítico inferior”, “La dicha”, “La ejecución” o “Notas de un simulador”. El volumen ha sido pertinentemente titulado Cuentos casi completos (México D.F., CONACULTA, 2009), no sólo porque en él no están recogidos todos los relatos escritos por Casey sino porque en Casey había noción trunca o inconclusa de la literatura y de la vida.
El prólogo de Florence Olivier es uno de los mejores estudios de la obra de Casey que se han escrito hasta ahora. Un estudio con conocimiento de esa obra y, también, con la imaginación que se requiere para abordar a un autor tan espectral como Casey. Las principales obsesiones de Casey –el sexo, la muerte, el absurdo, la burguesía, la religión, el tiempo, la obra, el desamparo- están glosadas en ese prólogo, del que reproduzco sólo el último párrafo, impregnado del tono herético y, a la vez, devoto de la prosa del autor de “Piazza Morgana”
“Si en los cuentos de Casey los juegos de la ficción y del simulacro formulan conjuros que logran exorcizar lo absurdo de la muerte, la culpa, la definición sexual, la ilusión del presente como eternidad, en la vida real no hubo conjuro suficiente para proteger al amoroso viandante de la tentación suicida. “Piazza Morgana”, su último texto conocido, aborda la separación de los amantes con una audacísima variación del tema de la identificación con el otro. La ironía que encierra el rítmico relato de este viaje devorador por las suculentas entrañas del objeto del deseo celebra por fin, espantada toda culpa, la embriaguez erótica. Hasta la comunión en la muerte. Ya no hay simulacro que valga, ni nada ni nadie a quien imitar. “Yo” es el otro, la otra, la letra. Amén”.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Reyes y Jaeger
El estudioso mexicano Sergio Ugalde Quintana, autor de una magnífica tesis doctoral sobre La expresión americana, en El Colegio de México, ha rescatado la correspondencia entre Alfonso Reyes y Werner Jaeger. El mexicano y el alemán se conocieron epistolarmente en 1942, cuando Jaeger recién llegado a su exilio en Harvard, recibió un ejemplar de La crítica en la Edad Ateniense (1941), de Reyes, publicado por El Colegio de México.
La correspondencia se extendió hasta diciembre de 1958, un año antes de la muerte de Reyes, noticia que motivó una sentida necrológica de Jaeger, recogida en La Gaceta del Fondo de Cultura Económica y rescatada, ahora, por Ugalde Quintana en su antología Un amigo en tierras lejanas (México D.F., El Colegio de México, 2009).
Esas cartas permiten seguir paso a paso las lecturas que hizo Reyes de las obras fundamentales de Jaeger –Paideia, La teología de los primeros filósofos griegos, Cristianismo primitivo y paideia griega, el gran estudio sobre Aristóteles-, publicados todos en el Fondo de Cultura Económica por recomendación del propio Reyes. Pero en esas cartas aparece también lo que Reyes significó, como hallazgo o revelación, para el eminente filólogo alemán.
Acostumbrado a tratar con clasicistas académicos de Europa y Estados Unidos, que dedicaban toda su vida al estudio filológico de un texto griego o romano, a Jaeger le sorprendió gratamente saber que Reyes, además de “mexicano”, era “escritor”, y qué escritor. Jaeger admiró en Reyes lo mismo que Lezama: su cosmopolitismo, su universalidad siempre a prueba del seductor nacionalismo mexicano.
“Los clasicistas y otros eruditos de muchos países (entre ellos los hispanoamericanos) suelen mandarme sus trabajos, y así leí ese libro –La crítica en la Edad Ateniense- con la suposición de que el autor era un colega mío que se había especializado en el campo de la retórica griega. ¡Cuál no sería mi sorpresa al leer, en la carta de agradecimiento con que contestó a mi elogioso juicio, que él no era un profesor ni un especialista en estudios clásicos, sino un escritor!”
lunes, 1 de febrero de 2010
Una carta de Fuentes a Lezama
Revisando la correspondencia de José Lezama Lima de mediados de los 50, encuentro varias cartas cruzadas con el escritor mexicano, Carlos Fuentes, editadas por el estudioso cubano Iván González Cruz. Fuentes era entonces director de la Revista Mexicana de Literatura y le propone a Lezama un intercambio de anuncios y colaboraciones con Orígenes.
Lezama le envía a Fuentes textos de Lorenzo García Vega y Roberto Fernández Retamar para un dossier de la revista mexicana dedicado al tema “Literatura y sociedad”. Fuentes, por su lado, le promete a Lezama el envío de textos de sus “herméticos amigos”, Juan Rulfo y Juan José Arreola, y de otros escritores más jóvenes como Emmanuel Carballo y Marco Antonio Montes de Oca.
En una carta del 3 de junio de 1956, Fuentes le asegura a Lezama que le enviará esos materiales el día 5 de ese mes, por correo aéreo ¿Llegó Fuentes a enviar las colaboraciones de Arreola y Rulfo a Lezama? ¿Logró convencer a esos amigos suyos, “que secretan sus escritos en un piedro de pecha (es la inversión exacta, cuatlicuesca)”, de que colaboraran Orígenes?
Son preguntas de archivista, de escaso valor para la historia intelectual. En el último número de Orígenes, el 40 de 1956, no apareció Rulfo o Arreola sino el propio Fuentes con el magnífico cuento “El hombre que inventó la pólvora”. La proyectada Revista Hispanoamericana de Literatura nunca surgió y las amistades intelectuales entre México y Cuba pasaron de Orígenes a Casa de las Américas.
Lezama le envía a Fuentes textos de Lorenzo García Vega y Roberto Fernández Retamar para un dossier de la revista mexicana dedicado al tema “Literatura y sociedad”. Fuentes, por su lado, le promete a Lezama el envío de textos de sus “herméticos amigos”, Juan Rulfo y Juan José Arreola, y de otros escritores más jóvenes como Emmanuel Carballo y Marco Antonio Montes de Oca.
En una carta del 3 de junio de 1956, Fuentes le asegura a Lezama que le enviará esos materiales el día 5 de ese mes, por correo aéreo ¿Llegó Fuentes a enviar las colaboraciones de Arreola y Rulfo a Lezama? ¿Logró convencer a esos amigos suyos, “que secretan sus escritos en un piedro de pecha (es la inversión exacta, cuatlicuesca)”, de que colaboraran Orígenes?
Son preguntas de archivista, de escaso valor para la historia intelectual. En el último número de Orígenes, el 40 de 1956, no apareció Rulfo o Arreola sino el propio Fuentes con el magnífico cuento “El hombre que inventó la pólvora”. La proyectada Revista Hispanoamericana de Literatura nunca surgió y las amistades intelectuales entre México y Cuba pasaron de Orígenes a Casa de las Américas.
sábado, 30 de enero de 2010
Franny en el tren, Zooey en la bañera
Con J. D. Salinger sucede como con Herman Hesse: son autores leídos en la adolescencia o en la juventud que siempre remiten a la primera lectura. A Mann, a Joyce o a Proust se les relee con frecuencia y sus mensajes se renuevan con agilidad, precisamente por haber sido leídos en diversas edades y contextos. Salinger y Hesse, en cambio, difícilmente abandonan aquella turbación de la primera lectura: la lectura juvenil.
Debo haber leído El guardián en el trigal y los Nueve cuentos en la Habana de principios de los 80, en las ediciones cubanas de ambos volúmenes –el primero, en Huracán, y el segundo, con el extraordinario cuento Un día magnífico para el pez plátano, en Cocuyo. Pero ahora que ha muerto Salinger, el texto suyo que recuerdo con mayor intensidad es la noveleta Franny and Zooey, que leí gracias a mi tía, la arquitecta Ángela Rojas, que me prestó su ejemplar editado por Bruguera.
No se trata de un recuerdo nítido, como el que se puede tener de un pasaje de Flaubert o de Dostoievski , sino de una vaga evocación, como las que quedan tras la lectura de Hesse o Salinger. Lo que uno recuerda de esos autores no es tanto la trama, las escenas o los personajes, sino el estado de ánimo o la rara mezcla de sentimientos que experimentó en la lectura. Hesse y Salinger son autores juveniles porque los dilemas de sus personajes son los de cualquier adolescente que se aproxima o llega a la juventud.
Debo haber leído El guardián en el trigal y los Nueve cuentos en la Habana de principios de los 80, en las ediciones cubanas de ambos volúmenes –el primero, en Huracán, y el segundo, con el extraordinario cuento Un día magnífico para el pez plátano, en Cocuyo. Pero ahora que ha muerto Salinger, el texto suyo que recuerdo con mayor intensidad es la noveleta Franny and Zooey, que leí gracias a mi tía, la arquitecta Ángela Rojas, que me prestó su ejemplar editado por Bruguera.

El relato de Franny and Zooey es mínimo: Franny Glass es esperada por su novio en una estación de trenes, la muchacha llega y ambos se van a cenar. La conversación de la pareja comienza a tensarse cuando el novio de Franny alardea de su sabiduría y su éxito –acaban de aceptarle un ensayo sobre Flaubert en una revista. Franny escribe una carta a su hermano Zooey, que éste lee en la bañadera de su casa, mientras comenta con su madre los problemas de la hermana.
El sentimiento de Franny, que se vuelve una preocupación incestuosa en Zooey, es muy parecido al que Milan Kundera llamaba la lítost, una suerte de depresión provocada por la egolatría del otro y, a la vez, por una sublimación estética o mística de la inferioridad. Franny envidia la erudición y el desenfado de su novio, pero expresa ese complejo por medio de una apelación a la espiritualidad y la filantropía, como si sintiera que su fortaleza no está en el saber sino en la piedad.
Nada de esto es lo que recordamos de nuestra lectura juvenil de Salinger. Lo que recordamos es la imagen que entonces nos hicimos del mundo universitario de la costa este de Estados Unidos –Harvard, Yale, Princeton…-, sus trenes y sus andenes, la lectura de cartas íntimas, las confesiones, las fanfarronerías y esa mezcla de angustia e incertidumbre, de miedo y valor, que sólo se siente a los dieciocho o a los veinte años.
jueves, 28 de enero de 2010
La respuesta de Jacques Rancière
Si La palabra muda. Ensayo sobre las contradicciones de la literatura (Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2009) no hubiera aparecido, en su versión francesa, en 1998, podría pensarse que se trata de una respuesta a la conferencia de Antoine Compagnon en el Colegio de Francia. El libro del filósofo neomarxista está concebido como una no respuesta a la pregunta qué es la literatura, pero su definición de esta como un arte contradictorio y escéptico intenta explicar el estatuto actual de la literatura.
Rancière caracteriza la situación de la literatura, hoy, por medio de la transición de “poéticas restringidas” a “poéticas generalizadas”, de la mutación de la poesía como “género del futuro” a la poesía como “género del pasado”, de la fragmentación del libro, de la reducción de la fábula a la letra y de la propagación de “guerras de las escrituras”, que terminan convirtiendo en “letras mudas” esas poéticas generalizadas que pusieron en crisis la vieja alta literatura. Ante la metamorfosis de lo literario, el crítico contemporáneo no puede eludir la pregunta qué es ese arte, pero la prudencia le recomienda no plantearla.
“Hay preguntas que ya nadie se atreve a plantear. Un eminente teórico de la literatura nos lo señalaba recientemente: no hay que tenerle miedo al ridículo para llamar hoy a un libro ¿Qué es la literatura? Y Sartre, que lo hacía en una época que ya nos parece tan alejada de la nuestra, había tenido la sabiduría de no contestar. Porque, nos dice Gérard Genette: a preguntas necias no hay respuesta; entonces, la verdadera sabiduría residiría tal vez en no plantearlas”.
Rancière caracteriza la situación de la literatura, hoy, por medio de la transición de “poéticas restringidas” a “poéticas generalizadas”, de la mutación de la poesía como “género del futuro” a la poesía como “género del pasado”, de la fragmentación del libro, de la reducción de la fábula a la letra y de la propagación de “guerras de las escrituras”, que terminan convirtiendo en “letras mudas” esas poéticas generalizadas que pusieron en crisis la vieja alta literatura. Ante la metamorfosis de lo literario, el crítico contemporáneo no puede eludir la pregunta qué es ese arte, pero la prudencia le recomienda no plantearla.
“Hay preguntas que ya nadie se atreve a plantear. Un eminente teórico de la literatura nos lo señalaba recientemente: no hay que tenerle miedo al ridículo para llamar hoy a un libro ¿Qué es la literatura? Y Sartre, que lo hacía en una época que ya nos parece tan alejada de la nuestra, había tenido la sabiduría de no contestar. Porque, nos dice Gérard Genette: a preguntas necias no hay respuesta; entonces, la verdadera sabiduría residiría tal vez en no plantearlas”.
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