
Comentábamos en un post anterior, a propósito de esa pesada herencia de estereotipos, que todavía persiste, en zonas considerables de la opinión pública y de las ciencias sociales, una inclinación a pensar la democracia como sistema, no como método, o como concepto contrario y, por tanto, equivalente al de comunismo. No es raro, entonces, que desde uno de los extremos ideológicos del espectro político se llegue a hablar de los “crímenes” de la democracia, entendiendo por estos desde las bombas de Hiroshima y Nagasaki hasta el apoyo a los contras en Nicaragua, pasando naturalmente por Bahía de Cochinos y Viet Nam.
Desde el otro polo, tampoco es raro escuchar que se hable de los “crímenes” del comunismo, entendiendo por éste último, no a gobiernos totalitarios concretos como el de Stalin en Rusia, el de Mao en China o el de Pol Pot en Camboya, sino a toda una tradición intelectual y política que arranca en 1848, con el Manifiesto comunista de Marx y Engels, y desemboca en nuestros días en buena parte de la izquierda mundial. Esa indistinción entre el comunismo, como conjunto de regímenes totalitarios concretos, y el comunismo como corriente política, es una de las principales limitaciones del, por otra parte, importante y documentado Libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión (1997), editado por Stéphane Courtois.La espantosa estadística elaborada por aquel libro -20 millones de muertos en la URSS, 65 en China, 2 en Camboya, 2 en Corea del Norte, 1 en Viet Nam…- tenía sentido en algunos aspectos, pero en otros sigue siendo controversial ¿Son víctimas del totalitarismo quienes mueren en una guerra civil, en la que se enfrentan nacionalistas y comunistas de un país, antes de que el régimen totalitario esté construido en el mismo? La cifra de 150 00 muertos del comunismo en América Latina, por ejemplo, incluye a quienes murieron enfrentados a revoluciones que, en sus primeros años, ni siquiera tenían un perfil comunista definido.
La mejor refutación a la idea de “crímenes del comunismo”, aplicable también a quienes desde las izquierdas radicales otorgan un carácter criminal a la democracia, la he encontrado en un ensayo del filósofo neomarxista francés, Alain Badiou, titulado De un desastre oscuro. Sobre el fin de la verdad de Estado (2006). Ahí Badiou apela a la filosofía del sujeto para discernir entre el saldo criminal del comunismo como experiencia de Estado –saldo tampoco equiparable en todos los gobiernos comunistas del siglo XX- y la equivocada criminalización del comunismo e, incluso, del marxismo como ideología o como corriente intelectual y política.
Aunque no es tema de Badiou, este discernimiento podría trasladarse, por ejemplo, a la historia del marxismo y el comunismo latinoamericanos ¿Fueron criminales los tantos comunistas y marxistas que conoció la región en el siglo XX? Algunos piensan que formular teóricamente la destrucción de la burguesía es un crimen, pero resulta que la mayoría de los comunistas y marxistas latinoamericanos, en la primera mitad del siglo XX, no intentó exterminar las burguesías de sus propios países. Luego de un breve predominio de la tesis de “clase contra clase”, Moscú le propuso a sus seguidores en la región que siguieran una estrategia de colaboración entre clases para alcanzar la “liberación nacional”.
El principal desafío a esa tesis provino, como sabemos, de la Revolución Cubana y algunos de sus principales ideólogos, como el Che Guevara, que entendieron que la lucha contra el imperialismo y las burguesías implicaba la guerra contra estas últimas y su aniquilación. Hasta 1960, fueron pocos los partidos o las corrientes comunistas que apostaron por la lucha armada en la región, la mayoría de ellos aceptó el juego democrático –al que regresaron, por cierto, muy pronto, desde los años 70 y 80- y ninguno de ellos llegó al poder, por lo que el crimen de Estado, como el que existió en la Unión Soviética o en China, no tuvo lugar.