Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

martes, 15 de diciembre de 2009

Llanto sobre una isla

Pedro Garfias (1901-1967) fue uno de esos poetas de la generación del 27 español que con mayor riesgo exploró las vanguardias estéticas y políticas. No siempre estuvo Garfias en ese vértigo y, tal vez, el mejor momento de su poesía es aquel en que el dolor del exilio se le impone de golpe y ya no valen experimentación ni lucidez alguna. Ese momento fue la primavera de 1939, cuando, perdida la República, el poeta, en Eaton Hastings, Inglaterra, comprende que lo único que puede hacer es llorar.
Garfias llegó a Veracruz en el mítico Sinaia, que transportó a tantos españoles refugiados, en el verano de aquel mismo año. En México, la editorial Tezontle publicó su Primavera en Eaton Hastings. Poema bucólico con intermedios de llanto (1939), cuyo facsímil ha sido reeditado ahora por El Colegio de México, con prólogo del poeta, crítico y editor José María Espinasa.
Por lo general, cuando se piensa en la poesía exiliada de Garfias, recuerda Espinasa, vienen a la mente los versos de “Entre España y México”, que recuerdan, a su vez, las Variaciones sobre tema mexicano de Luis Cernuda. Pero, realmente, es difícil encontrar en toda la poesía del exilio republicano una expresión tan plena del dolor del destierro como la que logran estos poemas de Garfias. Especialmente, el “intermedio” titulado “Llanto sobre una isla”, en el que el poeta decide liberar todo el llanto contenido por la guerra civil, sobre una roca del litoral inglés:




Ahora
ahora sí que voy a llorar sobre esta gran roca sentado
la cabeza en la bruma y los pies en el agua
y el cigarrillo apagado entre los dedos…
Ahora
ahora sí que voy a vaciaros ojos míos, corazón mío,
abrir vuestras espitas lentas y vaciaros
sin peligro de inundaciones.

Ahora voy a llorar por vosotros los secos
los que exprimís vuestra congoja como una virgen sus pechos
y por vosotros los extintos
que ya exhaláis vapor de hieles.
Ahora voy a llorar por los que han muerto sin saber porqué
cuyos porqués resuenan todavía
en la tirante bóveda impasible…
Y también por vosotras, lívidas, turbias, desinfladas madres,
vientres de larga voz que araña los caminos.
Un llanto espeso por los pueblecitos
que ayer triscaban a un sol cándido y jovial
y hoy mugen a las sombras tras las empalizadas.
Y por las multitudes
que pasan sus vigilias escarbando la tierra…
Un llanto viudo por los transeúntes
tan serios en el ataúd de su levita.

Ahora
ahora puedo llorar mis llantos olvidados
mis llantos retenidos en su fuente
como pájaros presos en la liga.
Los llantos subterráneos
los que minan el mundo y lo socavan
los que buscan la flor de la corteza
y el cauce de la luz, los llantos mínimos
y los llantos caudales acudan a mis ojos
y fluyan en corrientes sosegadas
a incorporarse en el llanto universal.

Sobre esta roca verdinegra
agua y agua a mi alrededor
ahora sí que voy a llorar a gusto.

Defensa de Caín


José Saramago ha reescrito la historia sagrada en busca de un Caín (Alfaguara, 2009) diferente. En su historia del primer fratricidio la víctima es Caín y no Abel. El hijo mayor de Adán y Eva, agricultor, era tan devoto como su joven hermano, pastor, pero Dios lo rechazó desde su nacimiento. Abel, el preferido de Dios, es, en el relato de Saramago, jactancioso, soberbio e impío: se burla del desdén con que el Señor trata a su hermano y antepone la lealtad religiosa al amor filial. Cuando Caín mata a golpes a Abel con una quijada de burro no está cometiendo el primer fratricidio sino un acto de violencia legítima contra la injusticia divina.
Caín es el primer revolucionario, el primer exiliado y el primer testigo de una crueldad del mundo teológicamente diseñada. Vaga por tierras extrañas, adoptando la identidad de su hermano, conoce la pasión en brazos de Lilith y se rebela ante cada injusticia de Dios: el sacrificio de Isaac por Abraham, el derribo de la torre de Babel, la lluvia de fuego y azufre que cayó sobre Sodoma y Gomorra, la transformación de la mujer de Lot en una estatua de sal –“hasta hoy nadie ha conseguido comprender por qué fue castigada de esa manera, cuando es tan natural que queramos saber qué pasa a nuestras espaldas”- y, finalmente, las charlas de Moisés con Dios en el Sinaí y el descreimiento y la adoración de su pueblo por el becerro de oro.
En el pasaje en que Saramago cuenta el enojo de Moisés, tras su descenso del Sinaí, y la orden de masacrar a más de tres mil idólatras, la inclinación por la parábola del autor del Evangelio según Jesucristo se hace evidente. En el retrato de Josué como un señor de la guerra y de las conquistas de Jericó y Madián como actos vandálicos, Saramago se acerca a varios tópicos del antisemitismo, en este caso, de la izquierda comunista del siglo XX. No deja de ser admirable la agudeza con que el escritor portugués desmitifica la Biblia, pero cabría preguntarse si esa crítica del mito sería, para él, tan aceptable como una inversión de los arquetipos morales que contiene el Manifiesto comunista, libro sagrado de la modernidad.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Vicuña por Vicuña

El joven historiador chileno Manuel Vicuña (Santiago, 1970) ha escrito una espléndida biografía de su antepasado, el intelectual, político e historiador Benjamín Vicuña Mackenna (1831-1886), titulada Un juez en los infiernos (Santiago, Universidad Diego Portales, 2009). Como el peruano Fernando Iwasaki, ya comentado en este blog, Vicuña pertenece a una nueva generación de historiadores hispanoamericanos que, sin abandonar plenamente el formato académico, entiende la historia como una forma de saber social y, a la vez, como un género literario. Sus estudios sobre la belle epoque chilena y, sobre todo, su magnífico Voces de ultratumba. Historia del espiritismo en Chile (2006), son tan reveladores de la seriedad investigativa como de una escritura elegante y hospitalaria.
A Vicuña le interesa, sobre todo, la figura de Vicuña Mackenna como esa mezcla, tan frecuente en el siglo XIX, de historiador y político, de tribuno y letrado, que sólo podía sostenerse por medio de una vocación pública arraigada. La trayectoria del personaje como intelectual y estadista es rastreada desde su amistad y colaboración con el liberal igualitarista Francisco Bilbao y la oposición al gobierno de Manuel Montt, hasta su renuncia a la candidatura presidencial por el Partido Liberal Democrático, en 1876, pasando por sus varios destierros entre los años 50 y 60 y sus décadas de representante legislativo a partir de 1864.
Por lo general, la historiografía hispanoamericana se hace eco del culto a los próceres del XIX, presentándolos como figuras veneradas en su época. El retrato de Vicuña por Vicuña posee, por momentos, un tono melancólico en el que aparece como un “raro” de la historiografía chilena, a pesar de los más de quince libros que escribió, y de la política nacional, a pesar su frenética actividad pública. La explicación podría radicar en ese rasgo de “desmesura” que Manuel Vicuña ve en el personaje y que lo llevó, desde muy joven, a enfrentar la sólida tradición política que iba de Diego Portales a Manuel Montt y la no menos sólida tradición historiográfica iniciada por Andrés Bello y continuada por Diego Barros Arana.
Algunos libros de Vicuña Mackenna, como sus estudios sobre los “ostracismos” de próceres chilenos como Bernardo O’Higgins y los hermanos Carrera, o las historias críticas sobre las administraciones de Portales y Montt, lo colocaban abiertamente en una suerte de disidencia historiográfica que tuvo consecuencias políticas. Cuando, en 1876, debió declinar su candidatura presidencial por falta de apoyo y por la manipulación de la corriente conservadora, aquella rareza de Vicuña Mackenna se hizo evidente. Una rareza que, como recuerda el joven historiador, tenía su lado pintoresco, ya que el viejo liberal, además de historiador y político, encontró tiempo para afiliarse a la Compañía de Bomberos de Santiago, a la que dedicó el libro ingeniosamente titulado La cuna del cuerpo.
Como Domingo Faustino Sarmiento y José Martí, Benjamín Vicuña Mackenna fue uno de esos letrados y políticos peregrinos, cuyas visiones sobre Europa y Estados Unidos permean toda su obra escrita. Entre los tantos libros de Vicuña Mackenna hay uno, el titulado Diez meses de misión a los Estados Unidos de Norte América como agente confidencial de Chile (1867), que tiene particular relevancia para la historia mexicana y cubana. En los dos volúmenes de esa obra, se narraba el apoyo que el gobierno de Chile, entonces en guerra con España, brindó a los liberales mexicanos que luchaban contra el imperio de Maximiliano y a los anexionistas y separatistas cubanos que, desde Nueva York, Washington y Nueva Orleans, intentaban derrocar el régimen colonial en la isla.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Sobre la democracia deliberativa



Tal vez porque escribió Una introducción a Marx en los años 80, porque admira a Rousseau y porque es crítico de la economía neoclásica y de la teoría de la elección racional, el filósofo noruego, Jon Elster, profesor de la Universidad de Columbia, es percibido, con frecuencia, como un crítico también de la democracia electoral y representativa. En una visita reciente a México, donde impartió una conferencia magistral sobre el tema, en el CIDE, Elster dejó claro que entiende los procesos deliberativos de una esfera pública abierta como complemento y no como ruptura con las instituciones electorales y representativas de la democracia.
En algunos de sus libros, como Juicios salomónicos y Ulises desatado, Elster ha cuestionado seriamente los límites de la racionalidad que los teóricos del liberalismo atribuyen a la democracia. Siguiendo a Joseph Bessette, que fue quien acuñó el concepto a principios de los 80, y al Habermas de Facticidad y validez, Elster no cree que las instituciones actuales de la democracia sean suficientes para garantizar la “imparcialidad” de las decisiones jurídicas y políticas. Pero Elster, que con frecuencia toma como modelos la democracia ateniense y el sistema cantonal suizo, insiste en que sin representación legislativa permanente, sin división de poderes, sin sistema de partidos y sin elecciones competidas y regulares tampoco es posible la deliberación política.
El tema aparece expuesto en los ensayos de Diego Gambetta, Susan Stokes, Joshua Cohen y, sobre todo, Roberto Gargarella, que Elster compiló en la antología, La democracia deliberativa, a principios de esta década. La gran democratización de la esfera pública generada por el Internet, piensa ahora Elster, a casi diez años de la aparición de aquella antología, comienza a generar por sí misma esos procesos de deliberación ciudadana. Pero allí donde no exista una esfera pública abierta y donde la expresión de la sociedad civil siga estando controlada por el Estado, no hay “acción comunicativa” ni proceso deliberativo capaz de equilibrar la racionalidad del poder.

¿Es gobernable la memoria?



En El País Semanal del pasado domingo Javier Marías defendía la oposición de las sobrinas de Federico García Lorca a que los restos del poeta fueran exhumados en la fosa común del barranco de Víznar. Reclamaba Marías que era necesario comprender la voluntad de una parte de la familia Lorca de no prestarse a ese “folklore de los huesos insignes” y que en esa actitud podía, incluso, destacarse una mayor fidelidad a la injusta muerte del poeta: “la indigna sepultura de Lorca es un recordatorio necesario de la indigna muerte que sufrió, y no respetarla sería, a la larga, poco menos que blanquear a sus verdugos”.
Sin embargo, como sabemos, quienes más interesados están en la exhumación y la posterior consagración de un santuario para Lorca son aquellos que no quieren olvidar los crímenes de Franco y quienes se oponen a todo “lavado” de la memoria sobre la guerra civil. El pasado 20 de noviembre se pudo constatar, en el Valle de los Caídos, que, más allá de esa relación digna con los muertos célebres, que con razón defiende Marías, la memoria es ingobernable. A pesar de que la Ley de la Memoria Histórica de 2007 establece que en ese lugar no pueden celebrarse “actos exaltadores del franquismo”, la abadía ofició una misa en recuerdo del caudillo y un grupo de franquistas se congregó en el lugar y, con el brazo en alto, cantó “Cara al sol”.
Es sabido que cuando Franco inauguró el monumento de Cuelgamuros, en 1959, varios miles de cadáveres de republicanos habían sido enterrados junto a los muertos del bando nacionalista. Antes de la inauguración, el régimen de Franco intentó realizar un censo de “sus muertos” y, naturalmente, sólo exhumó a los “caídos” en la “gloriosa cruzada”. Según la historiadora catalana Queralt Solé, la tumba del dictador fue inaugurada con republicanos dentro, sin identificación siquiera. La mezcla de los muertos no era la vindicación de las dos mitades de España desgarradas en la guerra civil sino un ritual de vencedor que conserva el osario del vencido.

martes, 24 de noviembre de 2009

El discreto encanto del realismo



Las vanguardias del siglo pasado -especialmente, las de los años 20 y 60- la emprendieron contra las narrativas realistas por su supuesta herencia de la cultura burguesa decimonónica. Ahora James Wood (Durham, 1965), el polémico crítico inglés, profesor de Harvard y colaborador de The New Yorker, ha escogido la primera década del siglo XXI –que, a su juicio, marca la decadencia de la estética postmoderna- para vindicar la gran tradición de la novela realista. Su libro, Los mecanismos de la ficción, acaba de ser editado en castellano por la editorial Gredos, en Madrid.
Wood, como muchos, se remonta a Flaubert como padre de la novela moderna. Pero lo interesante no es tanto el origen o el desenlace, sino el trayecto de su genealogía, sobre todo, cuando se interna en el siglo XX: Balzac, Stendhal, Tolstoi, Dostoievski, Proust, James, Conrad, Woolf, Bellow, Roth… Luego de cruzar el medio siglo, Wood se inclina más y más a la narrativa norteamericana, pero no a toda. Así como la novela metafísica, a lo Mann, o la novela mítica, a lo Joyce, no le interesan demasiado, tampoco siente una especial fascinación por fetichistas del estilo, como podrían ser –cada cual a su manera- Hemingway o Nabokov.
Cuando llega a la narrativa contemporánea, los juicios de Wood se vuelven acres. Como Harold Bloom, a quien sigue bastante, pero no del todo, abomina de los experimentos postmodernos, multiculturalistas y mediáticos de buena parte de la novela actual. Le interesa V. S. Naipaul, pero despacha la literatura “postcolonial” como “cosa loca” o “funky” y cataloga a algunos escritores norteamericanos –Don DeLillo, Thomas Pynchon, David Foster Wallace- como “realistas histéricos”. Lo que Wood rechaza en ellos es, naturalmente, la “histeria” y no el realismo, ya que le incomodan los abandonos deliberados de la gran tradición decimonónica.
La aproximación de Wood a la literatura hispanoamericana no deja de ser curiosa. Le gustan Javier Marías y Roberto Bolaño, pero es muy enfático en señalar que prefiere del primero breves novelas como Mañana en la batalla piensa en mí antes que grandes proyectos históricos como Tu rostro mañana. En cuanto al segundo, se queda con una noveleta como Estrella distante en lugar de 2666 o, incluso, Los detectives salvajes. Es en esos relatos donde Wood encuentra la marca de Flaubert, a su entender, santo y seña de la novela moderna.
Si la defensa del realismo de Wood llegara a tener buena recepción en Hispanoamérica, sus efectos sobre una literatura todavía bastante atada al mito refundacional del boom serían saludables. Tal vez, entonces, los argentinos leerían más a Echeverría, a Mármol y a Güiraldes, los mexicanos a Payno, a Azuela y a Guzmán, los colombianos a Isaacs y a Rivera, los peruanos a Palma, Alegría y Arguedas, los venezolanos a Uslar y a Gallegos y los cubanos a Villaverde, Meza, Carrión y Loveira.

lunes, 23 de noviembre de 2009

La memoria inconsolable



Duanel Díaz (1978), autor de un par de libros imprescindibles de la nueva historia intelectual cubana –Mañach o la República (2003) y Límites del origenismo (2005)- acaba de publicar, en la editorial Colibrí que dirige Víctor Batista en Madrid, un tercer volumen, Palabras del trasfondo. Intelectuales, literatura e ideología en la Revolución Cubana (2009), donde retoma algunas ideas plasmadas en los anteriores, pero desde un formato menos académico, más cercano a la intervención pública de un ensayista. Se trata, como los otros, de un libro ineludible en el debate intelectual cubano contemporáneo.
El tono del volumen tal vez proviene del origen de los textos: varios de ellos aparecieron en el blog La memoria inconsolable, que Díaz publicó entre el 2006 y el 2007. El libro posee la velocidad en la argumentación y la contundencia discursiva que caracterizan las réplicas del polemista, más que las pesquisas del historiador. Esas cualidades hacen de Palabras del trasfondo un genuino ensayo del siglo XXI, escrito para ser leído a la velocidad de estos tiempos. Un texto que va de la pantalla al libro, como la invención de Abelardo Morell.
Su tema son los intelectuales, la ideología y la literatura, pero, en buena medida, su énfasis está puesto en historiar la literatura cubana producida entre los años 60 y 90 y las posiciones públicas de decenas de intelectuales (Cintio Vitier, Eliseo Diego, Roberto Fernández Retamar, Lisandro Otero, Edmundo Desnoes, Ambrosio Fornet, Antonio Benítez Rojo, Miguel Cossío Woodward, Manuel Cofiño, César López, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat, Norberto Fuentes, Eduardo Heras León, Jesús Díaz, Senel Paz, Arturo Arango, Leonardo Padura…) como suscripciones de la ideología oficial.
Díaz comienza aceptando la distinción del politólogo Juan Linz entre la “doctrina de régimen” de un autoritarismo y la “ideología de Estado” de un totalitarismo y asociando, naturalmente, el sistema cubano al segundo caso. Es evidente que bajo el socialismo, la literatura y la mayoría de los escritores han formado parte del aparato de legitimación oficial o han servido de caja de resonancia a este último. La pregunta que queda después de leer el ensayo, convincente en más de un sentido, es si bajo los regímenes totalitarios toda la literatura escrita por autores que respaldan a su gobierno carece de calidad o de formas sutiles de escape o resistencia al lenguaje del poder.
A veces se tiene la impresión de que Díaz, al concentrarse en los momentos en que esos escritores exponen su “complicidad”, elude la mayor parte de la obra de los mismos, antes y después de la Revolución, y la evolución crítica de algunos en las últimas décadas. Tampoco le interesa a Díaz destacar las diferencias –tenues para un contexto democrático, pero decisivas para uno totalitario- que se manifiestan en el posicionamiento público de muchos escritores autorizados por el gobierno cubano.
Con varios pasajes de este libro sucede -aunque en un sentido ideológicamente inverso- lo que en la lectura de los capítulos que J. M. Coetzee dedica a Mandelshtam y Solzhenitsin en Contra la censura (2007). A Coetzee le interesa desmitificar el heroísmo disidente en la URSS y Europa del Este y fija su mirada en la Oda a Stalin de Mandelshtam y en la autocensura que se impuso Solzhenitsin tras la edición de Un día de la vida de Iván Denísovich. En ambos casos, Coetzee encuentra que esos héroes también respetaron las reglas del juego totalitario.
Coetzee subestima las ambigüedades e ironías que definen la subsistencia bajo ese tipo de regímenes y aplica al disidente de un comunismo la moralidad transparente del opositor en una democracia ¿Por qué no leer también Coloquio de Voronezh de Mandelshtam o Archipiélago Gulag de Solzhenitsin? Algo similar se siente en la lectura que Díaz hace de la llamada “literatura de la violencia” (Fuentes, Heras León, Díaz…) como una reproducción sin fisura del lenguaje del poder –sin muchas diferencias, por ejemplo, con el mimetismo ideológico de Cofiño, Valdés Vivó o Navarro- y de la autocrítica de Heberto Padilla como texto inculpatorio u “oficial”.
Como bien ha sugerido Jorge Edwards, cuando Padilla, en su autocrítica, implica a otros escritores (José Lezama Lima, César López, Manuel Díaz Martínez, Norberto Fuentes…) también está tratando de hacer visible, por medio de la parodia del lenguaje del poder, un estado de malestar en la intelectualidad del país. Es, precisamente, Norberto Fuentes, a quien Díaz lee, casi, como autor del “realismo socialista”, el que en su intervención ante la UNEAC, luego de la autocrítica de Padilla, no se retracta: “yo tengo opiniones, tendré opiniones mientras no se me demuestre lo contrario de mis opiniones”.
Las denuncias de Duanel Díaz al acoplamiento de literatura e ideología son tan claras, tan tajantes que, por momentos, producen una disolución de matices que merma la persuasión del texto. En varios momentos del libro se tiene la impresión de que, para él, el valor literario de una novela o un poemario está determinado por su mayor o menor anticastrismo. Desde esa perspectiva, los estudios de Roberto González Echevarría sobre Carpentier o de Antonio Benítez Rojo sobre Guillén, dos escritores comunistas y castristas, no tendrían el menor sentido.
Esta vehemencia daña aún más el ensayo cuando se adentra en temas históricos. Díaz no establece distinciones entre el marxismo cubano antes y después de la Revolución, ni entre la visión histórica de Carlos Rafael Rodríguez y la de Sergio Aguirre. El “nacionalismo revolucionario” de 1968, en el que se enmarcan el discurso de Castro Porque en Cuba sólo ha habido una Revolución, los estudios de Jorge Ibarra y Ramón de Armas y Ese sol del mundo moral de Vitier, se presenta como “continuación” del marxismo prerrevolucionario, cuando en realidad fue una ruptura con éste ¿Qué tiene que ver el marxismo de historiadores como Raúl Cepero Bonilla, Manuel Moreno Fraginals y Julio le Riverend, que no estigmatizaron la tradición reformista y autonomista, antes 1959, con la idea antimarxista de “una sola revolución”?
Duanel Díaz reitera el juicio, ya formulado en Límites del origenismo, de que la ideología histórica de José Lezama Lima, Eliseo Diego y Cintio Vitier era, esencialmente, la misma ¿Por qué? ¿No hay diferencias en la historia cubana que cada uno de ellos, antes y después de la Revolución, representaron en sus poemas y ensayos? ¿No hay diferencias, incluso, en la manera en que cada uno de ellos se relacionó con el poder de la isla? ¿Por qué Díaz atribuye al poema “Cuba”, de Eliseo Diego, editado por primera vez en el cuaderno póstumo En otro reino frágil (1999), el mismo sentido de “Pequeña historia de Cuba”, tal vez, su poema más oficialista de principios de los 70?
Podría pensarse, en cambio, que el “sufrimiento”, el “dolor” y la “sangre” a los que se refiere Diego en ese poema no son sólo los del lado “revolucionario” de la teleología vitierista. Aunque más osada, una lectura similar, atenta a las desconexiones, deliberadas o no, que se producen entre ideología y literatura, bajo un régimen totalitario, podría hacerse del poema “Playa Girón” de Antón Arrufat, escrito en abril de 1961. Cuando Arrufat habla de “hermanos suyos”, sus “compatriotas”, “los que murieron viendo un sol diferente”, las “cabezas voladas y deshechas”, la “carne hecha trizas”, las “entrañas volando en el aire”, “porque allí había un corazón violento”, ¿a quiénes se refiere? ¿Únicamente a los milicianos?
Esta última fue, seguramente, la lectura del poder cuando el poema de Arrufat fue publicado. El poder, sobre todo bajo un régimen totalitario, confunde siempre literatura e ideología. La crítica de ese poder, si quiere ser eficaz, no debería hacer lo mismo. ¿Son idénticas las posiciones públicas de intelectuales como el propio Arrufat o Leonardo Padura, por un lado, y Abel Prieto y Miguel Barnet, por otro? ¿Por qué Jesús Díaz es, únicamente, el represor de El Puente y el autor de Los años duros y Las iniciales de la tierra? ¿Es ese el único o el más significativo momento de su biografía intelectual?
Dice Díaz que “el hecho de que Pequeña Historia de Cuba no sea un poema demasiado referencial o explícito no lo salva en modo alguno de su contexto político” ¿Cómo? ¿Acaso no es importante que Diego o Arrufat, entre las miles de páginas de sus obras, sólo hayan dedicado una o dos a establecer contacto con la ideología oficial? Esa elección racional no puede ser soslayada por la crítica, ni debería ser pensada en términos de “salvación” o “condena”, ya que es la que marca la diferencia entre Diego y Arrufat, por ejemplo, y Guillén u Otero, dos escritores que, aunque mucho más comprometidos, tampoco dejaron una obra carente de calidad.
No se trata de “olvido”, “consolación” o “lavado”: se trata de otra manera de ejercer la memoria crítica, capaz de distinguir entre historia y derecho y de evitar la criminalización de las ideologías. La obra intelectual de escritores e historiadores, bajo un totalitarismo, no se puede reducir al testimonio de adhesión al régimen. Ese testimonio no debe ser ocultado a conveniencia, pero sí podría colocarse junto a las distancias que, en dado caso, asume un escritor. Si no quiere caer en la misma confusión totalitaria entre literatura e ideología, la crítica debe estar tan atenta a la conexión como a la desconexión entre ambas esferas.
Como se puede observar, son muchas mis discrepancias con este libro de Duanel Díaz. Reitero, sin embargo, que se trata de un libro imprescindible, como su anterior Límites del origenismo, con el que tengo aún mayores divergencias. Ambos deberían estar en el centro del debate intelectual cubano contemporáneo porque encaran un tema que la crítica literaria académica casi siempre posterga: el de la responsabilidad moral de los escritores bajo una dictadura.