
La ciudad, agrega, "tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones". A mediados del siglo XX, Lezama vislumbra la modernización habanera: "sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía su ritmo". Pero, curiosamente, insiste en que ese ritmo preserva una cadencia senequista, de "pasos lentos" y "estoica despreocupación", que remite, una vez más, a lo hispánico.
La resistencia de Lezama a la modernización explica también su preferencia por la Habana diurna. La ciudad sigue preservando "la medida del hombre" porque sigue siendo una comunidad que adquiere su sentido a la luz del día. Dice el poeta: "esa clásica y clara medida del hombre le lleva a abominar de la vida nocturna". Llega a decir, incluso, tras citar los Evangelios, que "después de las 12 de la noche", La Habana, "venturosamente, cierra su flor y sus curiosidades". El "juego de luces" propio de La Habana no es el de los fuegos de artificio o el de la "luna fría que nos viene al pecho y allí araña y retira", sino el de "la luz matinal y la de los crepúsculos".
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