
En
las últimas décadas, la historia y la teoría culturales han colocado la
traducción y la lectura en el centro de sus indagaciones. Leer y traducir, no
como formas de asimilación o traslación pasivas de discursos exteriores, tal y
como predomina en las dinámicas tecnológicas del consumo cultural en el siglo
XXI, sino como prácticas constitutivas de la creación intelectual en el mundo
moderno. Desde diversas perspectivas, es algo en lo que han venido insistiendo,
en los últimos años, el historiador francés Roger Chartier y el crítico
norteamericano Harold Bloom
Ya en el clásico, El mundo como representación (1992), Chartier propuso pensar la
práctica de la lectura en la era moderna, no sólo como mecanismo del “ocio y la
sociabilidad” en la Europa de los siglos XVII y XVIII, sino como un momento de
la escritura y la construcción de autorías, especialmente en el momento
neoclásico de la Ilustración.[1] En la Historia de la lectura en el mundo occidental (1998), que Chartier
coordinó con Guglielmo Cavallo, el historiador alemán Reinhard Wittmann
sostenía que el nacimiento de un lector moderno, tras la que llamaba
“revolución de la lectura” del siglo XVIII, suponía, además de un mercado, la
reproducción del tipo de escritor letrado y de las instituciones literarias en que
se movía.[2]
Hace algunos años Jean-Yves Mollier
sugirió que con la “industrialización de la literatura”, que avanza
aceleradamente desde fines del siglo XVIII hasta la globalización tecnológica
del siglo XXI, se produce una resistencia letrada contra la cultura de masas,
pero, también, una dilatación del mercado del libro que da refugio a las
poéticas más sofisticadas.[3] La lectura vive su propia
experiencia de masificación, al compás de la revolución tecnológica, y crea
circuitos alternativos de recepción de la mejor literatura global.
Harold Bloom observaba a principios del
presente siglo la apoteosis de aquella lectura moderna, profesional, que, a su
juicio, se había vulgarizado con el academicismo y la tecnificación del mercado
editorial.[4] Hasta el siglo XIX los
grandes escritores fueron grandes lectores, que no se entregaron,
necesariamente, a la lectura, para convertirse en buenos escritores. Valores
ilustrados como la sabiduría, el abandono de los tópicos o el mejoramiento
humano habían sido finalidades de la lectura para Samuel Johnson o Ralph Waldo
Emerson. Escritores del siglo XX, como Thomas Mann o Wallace Stevens, harán de
la lectura un medio de perfeccionamiento de su ironía y su esteticismo. Una
suerte de “lectura creativa”, el término del que renegó alguna vez el propio
Bloom.[5]
Pocos escritores contemporáneos en
América Latina entendieron esa mezcla de lectura y escritura, en un mismo acto
de creación, como el argentino Ricardo Piglia. En su ensayo, “El escritor como
lector”, Piglia evocaba la sonada conferencia de Witold Gombrowicz en Buenos
Aires, en 1947, titulada “Contra los poetas”, para sostener que “la literatura
es un modo de leer, ese modo de leer es histórico y social, y se modifica”.[6] Una formulación que nada
tiene que ver con el llevado y traído “historicismo”, que tanto aborrece Bloom
–sin entender, me parece, lo que fue el historicismo, desde el punto de vista
filosófico, a principios del siglo XX- ya que Piglia se apresura a agregar: “lo
histórico no está dado, se construye desde el presente y desde las luchas del
presente. Al cambiar el modo de leer, la disposición, el saber previo, cambian
también los textos del pasado”.[7]
Y quien dice leer en América Latina y,
específicamente, en el Caribe –región entre imperios-, dice traducir. La
lectura, entendida como práctica de la producción intelectual, en naciones
coloniales y postcoloniales como las nuestras ha estado siempre entrecruzada
con la traducción. Traducción literal o filológica, pero también cultural e
ideológica. Los historiadores de la traducción en el espacio iberoamericano
cada vez conceden más importancia a este segundo tipo de traducción, como una
actividad que corre paralela y mezclada con la circulación de ideas en el
Atlántico.[8]
En todas las naciones latinoamericanas,
el campo intelectual, en diversos momentos de su historia, ha vivido la tensión
entre corrientes cosmopolitas y nacionalistas, más abiertas al mundo o más
volcadas hacia lo propio. Pero la traducción de ideas ha conformado el campo
referencial de unas y otras, por igual. La transferencia y recreación de
imágenes y conceptos atraviesa el proceso de producción cultural a todos los
niveles: desde la música popular hasta el arte abstracto, la filosofía analítica
o la literatura de vanguardia. Los proyectos ideológicos más nativistas en
América Latina se han nutrido de representaciones de la identidad que no pueden
eludir conexiones con el pensamiento europeo, africano o asiático.
Dos pensadores radicales de la
descolonización, Frantz Fanon y Edward Said, dan cuenta de lo anterior. En Los condenados de la tierra (1961), lo
que Fanon reprochaba a los intelectuales de las colonias europeas en África no
es que conocieran a Rabelais, Diderot, Shakespeare y Poe sino que no tradujeran
ese saber en defensa de sus culturas nacionales.[9] Algo que reitera Said,
quien en Cultura e imperialismo (1993),
luego de citar a Fanon, recuerda que no existe un Calibán sino dos: el
universalista y el fundamentalista. El modelo de Said, un estadounidense
cristiano de origen palestino-libanés, era, claramente, el primero: “es mejor
la opción en que Calibán ve su propia historia como aspecto parcial de la
historia de todos los hombres y las
mujeres sometidos del mundo, y comprende la verdad compleja de su propia
situación social e histórica”.[10]
Más que una traición, la traducción
implica una recreación o, lo que es lo mismo, una creación, una invención. Con
respecto a la práctica de traducir podría afirmarse lo mismo que Harold Bloom
sostenía a propósito de la lectura creativa. Cada autor, cada revista, cada
editorial, cada grupo intelectual e, incluso, cada Estado, traduce ideas para
crear las redes imaginarias de una esfera pública. George Borrow, el viajero
inglés del siglo XIX, autor de La Biblia
en España (1843), decía que una traducción era un “eco”. Lo decía
irónicamente, en el mismo sentido de Jorge Luis Borges cuando afirmaba que
había originales “infieles” a sus traducciones. Pero de eso se trata la vida
intelectual, de convertir los ecos en nuevas voces.
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[1] Roger Chartier, El mundo como representación, Barcelona,
Gedisa, 1992, pp. 107-120.
[2] Reindhard Wittmann, “¿Hubo
una revolución en la lectura a finales del siglo XVIII?”, en Guglielmo Cavallo
y Roger Chartier, ed., Historia de la
lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 1998, pp. 451-472.
[3] Jean-Yves
Mollier, La lectura en Francia durante el
siglo XIX, Ciudad de México, Instituto Mora, 2009, pp. 69-75.
[4] Harold Bloom, Cómo leer y por qué, Barcelona,
Anagrama, 2000, pp. 21-22.
[5] Ibid, p. 24.
[6] Ricardo
Piglia, Antología personal, Ciudad de
México, Fondo de Cultura Económica, 2014, p. 91.
[7] Ibid.
[8] Pilar
Ordóñez López y José Antonio Sabio Pinilla, Historiografía
de la traducción en el espacio ibérico, Cuenca, Universidad de Castilla-La
Mancha, 2015, pp. 243-280.
[9] Frantz
Fanon, Los condenados de la tierra,
Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2014, pp. 199-200.
[10] Edward
Said, Cultura e imperialismo,
Barcelona, Anagrama, 2012, p. 333.
Es posible poder leerlo aunque sea digital??... se hace muy difícil desde dentro poder leer. Un saludo.
ResponderEliminarIntentaremos hacer una edición digital, Melissa. Este libro fue propuesto por la editorial Capiro, de Santa Clara, al Instituto Cubano del Libro, y esta institución lo rechazó.
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