
Sin embargo, Macleod, Carrier y otros antropólogos que han estudiado el impacto cultural del turismo en América Latina destacan que esa industria genera no pocas ventajas para las comunidades residentes. Se tiene la equivocada percepción de que el mercado global desdibuja las identidades nacionales, pero lo cierto es que la globalización homogeneiza a la vez que diversifica. El exotismo no siempre es la banalización de atributos o valores locales: muchas veces es un recurso de afirmación -o camuflaje- por parte de sujetos de la cultura popular.
El discurso antiturístico, que llama a regresar a una pastoral nacionalista a lo Nicolás Guillén, se coloca un paso antes de la teoría de la transculturación de Fernando Ortiz, quien postulaba que la idea de "cubanidad" sólo tenía sentido si se pensaba como hechura de la migración y el contacto con el otro. No habría que olvidar que Guillén, paradójicamente, compartió acentos de aquel tipo de nacionalismo con Alberto Lamar Schweyer, Ramiro Guerra y otros críticos de la inmigración, especialmente la caribeña, que veían como causa de una supuesta "crisis del patriotismo".
La reacción intelectual contra el turismo y sus ceremoniales típicos y su estética superflua busca denunciar una suerte de "colonialidad" intrínseca, que nos retrotrae a la iconografía del periodo republicano, cuando el boom hotelero producido por la conexión con Estados Unidos. Pero esa reacción pasa por alto que la industria turística es en la actualidad un área férreamente controlada por el Estado cubano, por lo que si hay alguna "colonialidad" es en relación con ese poder y no otro. El actual discurso antiturístico olvida, además, que en tiempos del bloque soviético también se vivió un exotismo colonial, con el que los celadores de la identidad nacional se sentían muy a gusto.
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