
Esa condición
fantasmal, que ha compartido Armand con otros escritores cubanos, como Lorenzo
García Vega y José Kozer, atraviesa una obra de ya más de cuatro décadas, media
docena de poemarios y varios libros de ensayos, Superficies (1980), El pez
volador (1997), El aliento del dragón
(2005) y Horizontes de juguete (2008),
que se leen como una larga conversación con pintores (Miguel Ángel, Holbein o
Malevich), escritores (Whitman, Rimbaud, o Kafka) y filósofos (Heráclito,
Cicerón o Nietzsche). La obra de Armand pertenece al conjunto de poéticas
exiliadas y vanguardistas, que estudiamos en La vanguardia peregrina (2013), aunque en una modalidad más
impactada por la desarticulación del vanguardismo que produjo el momento
postmoderno.
Tiene razón el
estudioso venezolano, Johan Gotera, en su ensayo Octavio Armand, contra sí mismo (2012), cuando ubica la obra de
este exiliado en la diatriba contra la “tradición del sentido” y en la
propuesta de una reinvención del lector, que alentó el post-estructuralismo
francés. Pero la obra de Armand parece, también, desarmar su vanguardismo juvenil
y reconciliarse con esa “tradición del
sentido”, en su más reciente Clinamen (2013), aunque con mayores
distancias o frialdades, que las que podrían encontrarse en ejercicios similares de Severo Sarduy u Orlando González Esteva.
Las décimas de
“Cubilete”, rescatadas hace poco en Diario
de Cuba, serían un buen ejemplo de lo que digo. Hay ahí esa extraña mezcla
de Zequeira y Lichtenberg, que Gotera ha observado desde los 80, cuando la
poesía de Armand se acerca al neobarroco. Pero hay también una vuelta al juego
de la escritura, a la dimensión lúdica y azarosa del texto, que también leemos
en poemas como “Cuarteta”, “Canto rodado”, el soneto “Tirada”, “Tablero” y los
“Viceversos” finales.
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