
Con frecuencia, la historia del arte del siglo XX
reproduce un esquema evolutivo, en el que el futurismo italiano aparece como
antecedente, en la década del 10, de corrientes posteriores como el
constructivismo ruso o el surrealismo francés. En narrativas más subordinadas a
la historia política, el futurismo se imagina precipitado en una temprana
decadencia, en los años 20, al sumarse al proyecto cultural de Benito Mussolini
y el fascismo.
La muestra de Greene desafía ambos enfoques. Desde
el primer manifiesto de Marinetti, en 1909, y el fin de la Segunda Guerra, se
produjeron arte y teoría–y también moda, muebles, films, decorado, murales y
hasta juguetes- futuristas en Italia. El impacto del movimiento llegó a
culturas tan distantes como el Japón de Hirohito o el Brasil de Getulio Vargas.
El futurismo sobrevivió a las vanguardias europeas posteriores y sus relaciones
con el fascismo fueron más sinuosas de lo que generalmente se admite. Mussolini,
a diferencia de Hitler, no compartía la idea de la vanguardia como
“degeneración” y, aunque el futurismo llegó a ser central en la política del
régimen, sobre todo en los 30, siempre hubo futuristas contrarios al Duce.

La amplia sección dedicada al culto a la aeronáutica,
estimulado por el político y militar fascista Italo Balbo –suerte de Howard
Hughes italiano-, se centra en una pintura, como la de Gerardo Dottori, Tulio
Crali y Tato, que hizo del avión un fetiche de la modernidad. Una pastoral
modernista, similar a la de los grandes óleos de Benedetta Capa Marinetti, esposa
del fundador del movimiento, ejecutados para decorar los salones del Palacio de
Correos de Palermo, en Sicilia, y que con el título de “Síntesis de las
Comunicaciones”, intentaba postular la telefonía como deidad mercurial del
siglo XX.
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