
Hubo
escritores de aquella vanguardia, como Severo Sarduy, que hicieron
impugnaciones explícitas del canon nacional de las letras cubanas. En novelas
como Gestos y De donde son los cantantes y en ensayos como Escrito sobre un cuerpo y Barroco, Sarduy colocó lo nacional e,
incluso, lo revolucionario, en un contexto territorialmente desplazado por lo
que podríamos llamar una estética y una erótica de la dislocación. A la
superposición de los tejidos raciales y antropológicos de la nacionalidad –el
indio, el negro, el español, el chino-, Sarduy agregó pulsiones universales
como el sexo y la muerte.
Estas dos últimas dimensiones, sexo y muerte, recorren
también la narrativa y la ensayística de Calvert Casey. En los cuentos y
críticas de Memorias de una isla y Notas de un simulador, Casey hizo de la
sexualidad un universo polimórfico, donde se manifiesta la vida y el reverso de
la vida. El sexo es, para Casey, como también para Virgilio Piñera, una
experiencia límite, ambivalente, donde se realiza la libertad del sujeto por
medio del placer y el dolor. Pero en Casey, el amor homosexual adquiere un
acento metafísico, de fusión con el otro, que no observamos en Piñera.

Tejera, por ejemplo, en Sonámbulo
del sol y, sobre todo, en Huir de la
espiral, envuelve a sus personajes dentro de una bruma ontológica, que
subvierte la luminosidad moral y racional de la Revolución. Entre todos
aquellos escritores de los 60, es, tal vez, Nivaria Tejera la que de un modo
más transparente incorpora la experiencia del exilio a sus ficciones. Los
personajes de Tejera son peregrinos en París, que hacen de la ciudad un
laberinto de identidades fugitivas. El París de Tejera es distinto al de
Sarduy, a pesar de ser contemporáneo: no es el de Tel Quel, Sollers, Barthes y Kristeva, sino el de Julio Cortázar,
el cronopio revolucionario que, a contrapelo de la empatía estética, rechaza al
cronopio exiliado.
El desencuentro de Tejera con la izquierda latinoamericana
de París –legible en sus ficciones y narrado en sus memorias Espero la noche para soñarte, Revolución-
sería equivalente al menos conocido de Julieta Campos con la izquierda mexicana
de los años 70 y 80. Una escritora cubana, adscrita al paradigma del relato
objetivo de la nouveau roman francesa,
en el México de la masacre de Tlatelolco y del desencanto del milagro
desarrollista, convergía en el horizonte de una nueva izquierda democrática,
como el que comenzaban a demandar Octavio Paz, Carlos Fuentes y Carlos
Monsiváis, desde Plural y el
suplemento La cultura en México.
Campos enfrentaría aquella conexión crítica, vindicando su pertenencia a una
tradición literaria cubana que, no por patriótica, dejaba de estar constituida
por el destierro y la errancia. Todavía es posible advertir ese nacionalismo
transterrado en poetas del exilio como Orlando González Esteva o Gustavo Pérez
Firmat.

Ese diálogo descansaba sobre la premisa de que la vanguardia
era una apuesta por el escape o la fragmentación de la racionalidad estética
que sustentaba la cultura cubana tradicional. García Vega encontraría lo peor
de esta última en lo que llamaba la “opereta cubana”, una mezcla de racismo
sublime y espurio aristocratismo, personificada en Julián del Casal y buena
parte del postmodernismo cubano. Lo curioso es que esa interlocución, que en
ambos, García Vega y Kozer, inclinaba hacia la ruptura con lo que hemos llamado
“la escuela de Casal” y la reinvención de un Martí vanguardista, produjo dos
escrituras de la memoria radicalmente distintas.
A
diferencia de García Vega, Kozer no estaba interesado en el ajuste de cuentas
con el catolicismo origenista o en la sintonía de éste último con el discurso
legitimante de la Revolución Cubana. Lo decisivo para Kozer era –y es- la
fabricación de una cápsula personal de memoria, asociada a su experiencia
dentro de una familia judía habanera que no parte al exilio luego de 1959 sino
que retoma el camino de la diáspora, constitutivo de su comunidad, luego del
giro hacia el comunismo del gobierno revolucionario. El proyecto poético de
Kozer, a pesar de construirse desde el exilio, abre, por la vía de la memoria,
zonas de contacto con poéticas armadas en la Habana postsoviética como las de
Reina María Rodríguez o Soleida Ríos.

Historiar
una vanguardia implica, siempre, certificar su desaparición o el paso de su
momento. Sobre todo, si el relato de esa vanguardia es escrito luego de la
devastadora crítica al vanguardismo que ha propiciado la cultura postmoderna. El
lugar de esa vanguardia, sin embargo, en la historia de la literatura cubana,
sigue estando a debate. Su recepción, en las últimas décadas, si bien limitada
o incómoda, da cuerpo a algunas de las poéticas mejor armadas de la literatura
cubana contemporánea, en la isla o en la diáspora. Este libro quisiera ser, al
menos, una constatación de ese legado.
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