
Las democracias son comunidades sin enemigos, lo que no quiere decir, por supuesto, que algunos gobiernos democráticos no traten a otros gobiernos del mundo e, incluso, a sectores importantes de su población como enemigos. Cuando eso sucede, por ejemplo, por racismo o por imperialismo, como advertía Hannah Arendt, los enemigos aparecen bajo una categoría jurídica diferente a la del adversario o el opositor excluido o aniquilado como enemigo en los totalitarismos.
Dicho de otra manera, cuando un gobierno democrático trata como enemigos a otro gobierno o a una parte de su población coloca a esos sujetos fuera de la ciudadanía jurídica. Los totalitarismos, en cambio, tratan como enemigos a sus propios ciudadanos, en plenitud de derechos. Las democracias pueden -no siempre- tratar como enemigos al extraño y al inmigrante, pero los totalitarismos siempre hacen del ciudadano opositor un enemigo antinacional.
No hay comentarios:
Publicar un comentario