
El viaje de Todorov a Sofía, en 1981, habla de algunas diferencias entre los comunismos del siglo XX. El totalitarismo búlgaro era más rígido aún que el checo o el húngaro, pero más flexible, por ejemplo, que el cubano. En la Habana de los años 80 habría sido inconcebible que el Ministerio de Cultura o la Universidad de la Habana invitaran a Severo Sarduy a impartir una conferencia sobre el neobarroco cubano. Seguramente el propio Sarduy no habría aceptado una invitación de esas instituciones.
Podría imaginarse que el gesto de Todorov de viajar a su patria comunista va acompañado de una visión relativista o académicamente “neutral” sobre Europa del Este. No es así. En el capítulo “La experiencia totalitaria”, Todorov ofrece una de las visiones más críticas de aquellos regímenes que se han escrito en los últimos años. Según él, las tres características de esos sistemas son “la ideología de Estado”, el “uso del terror para orientar la conducta de la población” y la “mezcla de la defensa del interés particular y el reino ilimitado de la voluntad de poder”.
En este último aspecto, el del “reino del interés particular y el poder ilimitado”, Todorov incluye una pertinente reflexión sobre las formas de exclusión y odio hacia el que vive y piensa de manera diferente, que, a su juicio, acercan el comunismo al fascismo. El comunismo vendría siendo, según Todorov, una curiosa síntesis entre el materialismo de Helvetio y la “servidumbre voluntaria” de La Boetie, bajo condiciones de una precariedad económica que impone al ciudadano la prioridad de la subsistencia diaria.
Y sin embargo, este hombre, con esas ideas, viajó a la Bulgaria de Zhivkov. Aquella experiencia le enseñó a Todorov que era un sujeto "duplicado" o “desplazado”. Las frecuentes pesadillas kafkianas en las que aparecía en Sofía, no en París, sin poder salir de la ciudad, se le quitaron después del viaje. El encuentro con su madre le demostró que el tiempo, en el exilio, no se mide cronológicamente. 15, 20, 40, 50 años de exilio son mucho más que quince, veinte, cuarenta o cincuenta años de vida. El tiempo del exiliado, como decía Max Aub, se multiplica con la ausencia.
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