Lo relevante es aquí el lugar donde transcurre la ficción, sobre todo, si ese lugar es propuesto en la novela como una comunidad posible o alternativa.
En el epígrafe y el epílogo se habla de Aztlán, sugiriendo el sentido mítico de toda ciudad originaria, pero los lugares que recorre el libro son del México moderno. El primero es la Nueva Filadelfia de la novela El monedero (1861) de Nicolás Pizarro, escritor liberal del siglo XIX, amigo de Ignacio Manuel Altamirano e Ignacio Ramírez, que ha estudiado el historiador Carlos Illades.
En aquella novela de Pizarro tiene lugar una escena alucinante en la que, en medio de la Guerra de Reforma, Benito Juárez, acompañado por Melchor Ocampo y Santos Degollado atraviesan Atoyac, en Jalisco, y divisan en el horizonte un pueblo llamado Nueva Filadelfia. Los políticos liberales preguntan al guía qué sitio es ese, a lo que el guía responde: “un lugar en el que el pobre no es pobre” y “las tierras, los ganados, las semillas y los edificios son de todos”.
En una jurisdicción parecida a la de este comunitarismo liberal del siglo XIX habría que ubicar el experimento eugenésico de Villautopía, locación de la novela Eugenia (1919) del escritor cubano-mexicano Eduardo Urzaiz. Tan raro como Pizarro en las historias tradicionales de la literatura mexicana, Urzaiz, médico y psiquiatra de formación, fue muy cercano a la reforma educativa y cultural que impulsó Salvador Alvarado en Yucatán.
La novela de Urzaiz, según la interpretación de Lemus, intentaba ser genuinamente utópica. Para crear una sociedad perfecta y superar las guerras, el Estado debía convertirse en agente de la reproducción biológica. Los bebés serían incubados por mujeres y “hombres feminizados”, preseleccionados, que evitarían la degeneración de la humanidad. A diferencia de la eugenesia del evolucionismo racista europeo, la de Villautopía parecía responder más al ideal del “hombre nuevo” del socialismo agrario yucateco.
Pero no todas son utopías en el atlas de Lemus, como sí son todas las de Federico Guzmán Rubio en Sí hay tal lugar (Taurus, 2025), un libro que habría que leer en diálogo con este. Hay aquí ciudades más familiares en la cartografía literaria de México, como Comala, el pueblo triste de Pedro Páramo (1955), instalado en aquel horizonte gris en que cohabitan los vivos y los muertos.
O Quauhnáhuac de Malcolm Lowry en Bajo el volcán (1947), la novela sobre los trances etílicos del cónsul Geoffrey Firmin, el Día de Muertos de 1938. El delirium tremens de Firmin brotaba en cuartos de hoteles y cantinas luminosas en una ciudad que, como recuerda Lemus, era una superposición de dos ciudades reales: Cuernavaca y Oaxaca. Ese doble lugar no podía ser sino el paraíso y el infierno a la vez.
Lemus también recorre Galeras, el ejido ficticio del Bajío, donde sucede la trama de la gran novela sinarquista, El fin de la esperanza (1948) de Rafael Bernal. Galeras se parece a Comala, pero más transparente o realista, menos fantasmagórica. También se parece a Ixtepec, el pueblo de Recuerdos del porvenir (1963) de Elena Garro.
Comarcas como San José de Gracia al final de Pueblo en vilo (1969), en las que todo ha sucedido: la revolución y la contrarrevolución, la Cristiada y el cardenismo. Lo contrario a La Matosa de Temporada de huracanes (2017) de Fernanda Melchor, donde una nueva violencia parece refundar el horror en el México del siglo XXI.